El riesgo de los extremos

La Razón
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«Para colmo, surgirán los radicales del otro extremo», me escribe un agudo observador de la vida nacional. Según él, a un populismo de izquierdas seguirá pronto un populismo de derechas. Parece que lo dice con conocimiento de causa. Hay ya, me asegura, movimientos subterráneos en ese sentido y un malestar creciente entre los llamados poderes fácticos. En esto España no va a ser diferente. El fantasma del neofascismo, desde Polonia a Inglaterra, desde Grecia a Escandinavia, con fuerte arraigo en Francia, vuelve a recorrer Europa (lo de Trump en Estados Unidos se le parece mucho). Entre nosotros, las condiciones empiezan a ser favorables cada día que pasa. La irrupción de Podemos, con el puño en alto y aires leninistas y bolivarianos, invita a la reacción por el otro extremo. Lo que se presenta como una instancia de progreso muchos lo interpretan como una regresión revanchista a los tiempos que precedieron a la Guerra Civil. Exageran, sin duda; los tiempos han cambiado, y aún no hemos vuelto a la dialéctica de los puños y las pistolas; pero sigue en vigor la advertencia de Azaña de que cada cierto tiempo nos da a los españoles un viento de locura. Lo de Cataluña es una prueba de ello. Los aireados proyectos de desmembración de España, el desprecio a la nación, los intentos de desacreditar el fenómeno católico y devolver a la Iglesia a la sacristía, los ataques a la Monarquía y a la Constitución, la presión de los refugiados y emigrantes incontrolados, el malestar social y las dificultades para formar Gobierno favorecen las reacciones extremas. Entre los méritos que habrá que atribuir al Partido Popular figura el de servir de parapeto hasta ahora, con sus errores y sus aciertos, al surgimiento de una extrema derecha populista en España, como está ocurriendo en el resto de Europa. El acoso y derribo al que las izquierdas de nuevo y viejo cuño, con el PSOE de Sánchez y Luena a la cabeza, y los movimientos separatistas están sometiendo irresponsablemente al partido liberal-conservador, sólo servirá, caso de conseguir su objetivo de reducirlo a escombros, para que de ese solar abandonado se apoderen fuerzas radicales e incontrolables de extrema derecha, que tratarán de balancear la situación. Ya se sabe que los extremos se tocan. La ruptura de la centralidad política, que ha regido con éxito la vida española en los últimos cuarenta años, tendría efectos perniciosos sobre la convivencia democrática en España. Es de suponer que los dirigentes políticos y el Rey lo tengan en cuenta a la hora de las consultas para formar Gobierno.