El sonido del silencio

Hace aproximadamente un año, el auditorio de la Ciudad del Fútbol, en Las Rozas, hervía, por el sorteo del calendario y porque se esperaba que Ángel María Villar desvelase sus planes; si se iba a postular para suceder a Michel Platini, como le había sugerido la Comisión Ejecutiva de la UEFA, que dijo él, o para sucederse a sí mismo en la RFEF... Faltaban cuatro días para la formalización de su candidatura a la presidencia del fútbol europeo y mantenía el suspense sobre la que ostentaba los últimos 28 años en España.

No ha sido repentino que el héroe mutara en «villarno» en menos de 365 días. Como a un político o a un banquero cualquiera, el juez le ha roto en las costillas el bastón de mando y de disfrutar el inmenso placer de la libertad al internamiento en un habitáculo de diez metros cuadrados; ya no duerme bajo el paraguas del poder omnímodo que creía poseer sino recostado en un catre que cruje, la cabeza sobre una almohada que a saber quién ha planchado ahí la oreja y sobresaltado por el sonido metálico de la puerta de la celda al cerrarse.

Es otro mundo, tan distinto del habitual, tan en las antípodas de los hoteles de cinco estrellas que uno no hace más que pensar en qué se habrá equivocado. Rancho por exquisiteces. Paseos por el patio. El cielo a través de unos barrotes. Qué habré hecho para merecer esto, se pregunta el reo. Hasta que la soberbia, esa arrogante prepotencia tantas veces alardeada, se disuelve entre la palmaria realidad... En el salón de actos de la Ciudad Deportiva, se escucha el silencio de cuatro gatos hasta que otros protagonistas, que esperaban acechando en la cuneta, toman la palabra. Tebas, adalid de la guerra contra Villar, señala, sin decirlo, compañía para el prisionero. Esto no ha hecho más que empezar.