El trilero

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El descalabro de los medios tradicionales coincide con el auge de la pachanga mediática. Cómo será la cosa que la posverdad con flequillo rubio, y eslovena consorte, gobierna EE.UU. Lo último pasa por sufrir a una portavoz que insulta a los medios durante las ruedas de prensa. Los acusa de fabricar noticias falsas. A la continua burla de la inteligencia añade un aire mamporrero a tono con el desastre histórico que padecemos. Todos los trileros saben que no hay como fingir indignación cuando te cazan con los calzones en la alfombra. Todo esto en el país que suponíamos perdonaba antes a un asesino que a un mentiroso. Quizá fue así en otro tiempo. Fiel a la receta que lo aupó, el presidente Trump sale a una trola diaria. Lo confirma una lista del «The New York Times». El catálogo deja fuera medias verdades e hipérboles. Sólo enumera embustes refutables, así como los datos que contradicen cada farol. El amigo sólo afloja de sábado a domingo, cuando empuña los palos y barzonea en el golf. A veces resulta incapaz de repetir la trola sin cambiarla. Durante la campaña dijo que China manipulaba el cambio de divisas. Al alcanzar la Casa Blanca proclamó que los chinos habían desistido de enredar con el yuan. ¿Desde cuándo? En paréntesis, la fecha en la que Trump habla: «Desde que tomé posesión» (21 de abril); «Durante las elecciones» (29 de abril); «En cuanto fui elegido» (30 de abril); «Desde que presenté mi candidatura» (1 de mayo); «Desde que comencé a hablar de la manipulación» (4 de mayo). Este sujeto fue elogiado por algunos comentaristas como la quintaesencia del cowboy John Wayne. Si el Duque levantara la cabeza y viera con quién lo comparan jamás habría cambiado el fútbol americano por Monument Valley. Rueda Centauros del desierto para que años más tarde una punta de columnistas marranos afirme que fuiste arquetipo de un perverso. El espectáculo arruinará la reputación del país. Amenaza con elevar la coprofagia mental a niveles desconocidos. Pero el votante ama las consignas dopadas y al guno con la letra pequeña. Entre tanto los demócratas auscultan perplejos la razón de sus continuos descalabros. Para bancar al rinoceronte mayor eligieron a una vendedora de muebles dudosos y como rival de la doña colocaron a un narciso con el termómetro petrificado en 1917. Si el truco del embaucador funcionó con Bill Clinton, ¿por qué no con Hillary? Pero Bill transmitía un encanto animal, como de semental tostado por el resol de Santa Mónica. Hillary ni siquiera aprendió a sonreír. Durante los mítines radiaba el carisma de un ejecutivo japonés tratando de explicar por qué no les funciona el motor Honda. Queríamos lo de siempre, alguien que nos mienta con la pasión del bolero, y ganamos al mejor bolerista del karaoke. Harto del trastorno de escucharle pincho en la radio a Alsina. Entrevista a un alcalde socialista en Cataluña. Su embolia sintáctica, su racismo rampante, nacieron para ocupar silla en esta Casa Blanca distópica. Con suerte, lo fichan para escribir discursos.