En el mercadillo

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Un susto, entre inconveniente y pavoroso. Ahí estaba. En el mercadillo callejero de Cabezón de la Sal. Escapamos de Madrid para olvidarnos de ella, y ella hace lo mismo. De espaldas se hallaba cuando intuí que no podía ser otra. Y se volvió. Y era ella. En el mercadillo callejero de Cabezón de la Sal.

Quien no conozca Cabezón debe saber que es una de las localidades más animadas y vibrantes de La Montaña. Capital de su valle y puerta del de Cabuérniga. En Cabezón hay de todo. Les puede parecer exagerado, pero hay pocas cosas que no se puedan encontrar en Cabezón de la Sal. Quizá gorros rusos de astrakán, pero tampoco los he buscado. Si me marco el objetivo de comprar en una tienda de Cabezón gorros rusos de astrakán, termino por encontrarlos. Cuando voy al campo siempre llevo una camisa «Purdie» comprada en Cabezón. Me gradúo y encargo mis gafas en Cabezón, entre otras razones, porque las hacen de maravilla y estoy hasta el gorro ruso de astrakán de Afflelou. En sus calles están las mejores reposterías, y en una de ellas, junto al río, las tartas, los pasteles y los bollos son servidos por una de las mujeres más atractivas de la Unión Europea. Y todos los sábados se instala su mercadillo, y las calles de Cabezón se convierten en un hormiguero de gentes que van y vienen. El del pasado sábado, aún tenía tenderetes con figuras para el nacimiento. Y en el mercadillo, estaba ella.

División de opiniones. Algunas personas se le acercaron para hacerse una fotografía con la forastera, y otras le dedicaron fuertes improperios. Por lo normal, los montañeses son respetuosos y tranquilos, y más que malas palabras se llevó toda suerte de miradas. Llevaba más de una bolsa, lo normal en estas fechas cuando el dinero sobra.

No iba bien peinada. Se me ha olvidado escribir que en Cabezón hay estupendas peluquerías, pero no era peinarse el motivo de la visita de ella. Oí el comentario de una madre a su acompañante, probablemente su hija: «Es más rara en persona que en fotografía». Aquí estamos acostumbrados a verla, pero en Cabezón despertó grandes curiosidades y mayores pasmos. «Que sí, que sí, que es ella», le certificaba la mujer que vendía quesos, morcillas, jamones y chorizos al dueño del tenderete de los caramelos y demás dulces, lo que los niños de hoy conocen como «chuches». Un dentista de Cabezón con consulta en Santander sonreía beatífico cada vez que un padre le compraba a su niño una bolsa de «chuches». Futuros clientes.

Brillaba el sol en lo alto, y la temperatura chocaba con el calendario. En Cabezón han inaugurado un «Mercadona», y eso es prueba suficiente de su pujanza económica. Le falta un «Corte Inglés», pero todo se andará, aunque los naturales de Cabezón son más amigos de los comercios tradicionales, con sus costumbres y sus charlas, que se heredan como los prados y las casas. De improviso, desapareció.

Para mí, que Manuela Carmena lo que compró en el mercadillo de Cabezón de la Sal, donde creyó que no iba a ser reconocida, fue un Portal de Belén, las figuras del Misterio, y pastores, ovejas, ocas, lavanderas y algún puentecillo para ubicarlo en el Nacimiento sobre un río de papel de plata. Y los tres Reyes Magos, con sus pajes y camellos, más cómodos para Melchor, Gaspar y Baltasar que los dromedarios, muy angustiosos de montar sobre su única joroba. Puede parecer un cuento de Navidad. La Alcaldesa de Madrid, que nada quiere saber de las festividades religiosas, comprando en Cabezón el Nacimiento al que cantó villancicos cuando era niña.

Un edificante y milagroso cuento de Navidad. Lo cierto es que no pude ver lo que contenían sus bolsas. Pero era ella. El sábado 2 de enero de 2016 en el marcadillo de Cabezón de la Sal. –Es más rara en persona que en fotografía–.

¡Si supieran!...