En la boca del infierno

La Razón
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No le importa meterse en la boca del infierno. Este Papa sería un temerario si no fuera un cristiano consecuente que ama y defiende a los seres humanos más desvalidos. Desde el comienzo de su pontificado se ha comprometido con la Iglesia de los pobres. Y cumple rigurosamente su compromiso. Se sitúa no sólo en la frontera de los no creyentes, sino, sobre todo, en los límites extremos del sufrimiento y de la injusticia, predicando con el ejemplo. En este caso, jugándose el tipo. Ayer –ahí lo tienen–, el Papa Francisco viajó a Calabria, donde campa a sus anchas la sanguinaria N'drangheta, para clamar in situ, con sólo su figura blanca, contra los crímenes de la mafia. La gente sencilla del pueblo lo acogió con emoción y afecto. Tal vez con la esperanza de que su visita les ayude a librarse del miedo secular, del silencio obligado, del desamparo y de la miseria. Se han vestido de fiesta, ha sonado la banda municipal y hasta le han obsequiado con un helado de su gusto. Todos querían estrechar sus manos, unas manos que no estaban manchadas de sangre. El pasado día 20 de enero, la despiadada N'drangheta, en un ajuste de cuentas, asesinó a Coco, un niño de tres años, que murió carbonizado junto a su abuelo. El suceso conmovió el corazón de Francisco que se comprometió a este arriesgado y emotivo viaje a la boca del infierno, que ahora ha cumplido. Lo primero que ha hecho es visitar la cárcel de Castrovillari, donde ha saludado, uno por uno, a los presos, que le han aplaudido, y se ha detenido más tiempo con el padre y las dos abuelas de Coco, internados allí. «¡No más víctimas de la N'drangheta!», ha clamado. Y antes de entrar en la iglesia a decir misa, ha visitado a los enfermos del Hospital de San Giusepe Moscati y ha almorzado con personas que sufren pobreza extrema, pues lo primero es lo primero. Después ha exhortado a los sacerdotes del pueblo de Coco a que se ocupen de sus familias. El grito profético del Papa Francisco contra las mafias tuvo su arranque en Roma en el comienzo de la primavera, cuando, tras recordar a las mil quinientas personas asesinadas, les dijo a los mafiosos: «¡Convertíos! , os lo pido de rodillas, es por vuestro bien... El poder, el dinero que tenéis ahora, de tantos negocios sucios, de tantos crímenes mafiosos, el dinero ensangrentado no podréis llevarlo a la otra vida. ¡Convertíos!». Acostumbrados al cambio de estilo impuesto por Francisco en la Iglesia en unos meses, ya no nos sorprende que el Papa, metido en su sotana blanca y con una sencilla cruz en el pecho, viaje, desprotegido, hasta las mismas puertas del infierno, hasta la frontera del mal.