Engañados, traicionados... adocenados

La Razón
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Si hay un lugar en el que el centro-derecha consiguió tronchar por la raíz el viejo cliché alimentado tras la transición política de que la ciudadanía española es sociológicamente de izquierdas, ése es por encima de todos la Comunidad de Madrid y por ende las capital del estado. La llegada del tándem socialistas-comunistas al Gobierno municipal madrileño, de la mano del mitificado Enrique Tierno, y al ejecutivo autonómico, con Joaquín Leguina a la cabeza, se adelantó a la propia descomposición que pocos años después experimentaría la UCD de Suárez a nivel nacional dando paso a casi catorce años de gobiernos del PSOE. Madrid, el de la «movida», el del consorcio de transportes o de los Rivas Vaciamadrid y otros núcleos urbanos con ADN de izquierdas, se convirtió en punta de lanza.

Cuando el centro-derecha accedió sin embargo al poder casi de prestado, primero de la mano del extinto CDS con Rodríguez Sahagún, tomando el testigo de Barranco en el Consistorio y después con el PP en solitario, ya no lo abandonó culminando en una sucesión de apoyos que tuvo su momento estelar en los comicios municipales de 2011 arrasando en más del 90 por ciento de municipios. Ya no era el barrio de Salamanca, sino prácticamente todos los distritos de la capital, ni los municipios de la sierra norte, sino la casi totalidad de la comunidad autónoma. La pregunta que ahora se hace inevitable es porque una formación que supo asentarse hace años a golpe de pragmatismo y gestión, sin abandonar una reconocible identidad ideológica y desactivando un cada vez más inconsistente discurso de la izquierda, lleva camino de hacerse el «Harakiri» ahogándose entre mordidas, tráficos de influencias, presunta financiación ilegal y venganzas cainitas.

Decía Esperanza Aguirre este lunes, durante su cantado anuncio de dimisión como portavoz municipal, cargo que conservaba en un intento extremo por encontrarle a Manuela Carmena algún gol en propia meta que la desalojase del palacio de Cibeles, que se siente «engañada y traicionada» por sus máximos ex colaboradores con Ignacio González a la cabeza, pero, para ser justos, si alguien puede sentirse engañado y traicionado, son los miles de ciudadanos que, unas veces primando la gestión sobre las sombras de corrupción y otras en la constancia de que esa corrupción estaba bien acotada y sin metástasis, han ido brindando su apoyo a un partido, víctima también de desesperante adocenamiento, fruto del status quo de la permanencia en el poder. El PP de «Espe» –que probablemente no debió volver tras su primer abandono por razones de salud– lleva demasiado tiempo adoleciendo de savia nueva, de jóvenes capaces y desligados de intrigas del pasado, de perfiles distintos como opción electoral y esa tardanza, lo que ahora señala como idónea, es ya la única vía de la catarsis. Resulta paradójico que nombres como el de Pablo Casado –entre otros– fueran calificados de «faltos de maduración» para ese cambio de rostro en el PP madrileño, a la par que se les lanzaba a la primera línea mediática de calcinación en la última y difícil fase de la pasada legislatura. Oportunidad perdida.