Estatalismo regional

Dicen algunos que las comunidades autónomas se han plagado en los últimos meses de «Ramones». Ramón Villaamil, el gran personaje del «Miau» de Galdós, cesaba como funcionario, en la España de mediados del XIX, según gobernaran los moderados o los progresistas. Y dicen algunos que los nuevos «Ramones» son como el viejo pero que a lo peor para siempre, porque gobierne quien gobierne, no volverán a tener un salario de las arcas públicas.

¿Cuál es la verdad sobre los «Ramones» autonómicos? Desde que comenzó la crisis a finales de 2007 y hasta 2012, la evolución del empleo público en España es sorprendente. Hace ya más de cinco años las empresas privadas comenzaron un severo ajuste. Al tiempo, en el sector público se emprendía una carrera loca para aumentar el empleo privado. Corría la Administración General del Estado, corrían los ayuntamientos y las comunidades autonómicas, más bien huían hacia delante. Y fueron los gobiernos regionales los que ganaron en esa loca fuga. Desde 2007 hasta comienzos de 2012 habían aumentado sus empleados en un 15 por ciento. Parecía no importarles no tener dinero para pagarles.

El año pasado, ya con el PP en el Gobierno, se invirtió la tendencia. En 2012 hubo un descenso de más del 5 por ciento, pero todavía tenemos más empleados públicos que en 2008. En los tres últimos meses del año pasado el recorte afectó especialmente a las comunidades autónomas. Lógico, eran las que más habrían crecido. Hasta el otoño, los gobiernos de comunidades autónomas como Cataluña y el País Vasco, en las que hubo elecciones, siguieron contratando gente. No se puede hacer demagogia con este asunto. Es lógico que las comunidades autónomas estén dotadas de más funcionarios que la Administración Central, pues tienen más competencias. Pero todos sabemos que los gobiernos regionales han desarrollado una burocracia a menudo innecesaria y clientelista. Es el nuevo estatalismo que cercena en muchos casos la responsabilidad y la creatividad social. Superarlo no es «ramonismo».