Fascistas, no

Si Benito Mussolini levantara la cabeza, lamentaría la derivación peyorativa que ha adquirido la palabra «fascista». Las ideologías no delinquen y mientras esté vigente la libertad de pensamiento, las personas ilustradas deberían no caer en tan facilona metonimia. Eso es cosa de la progresía. El corpus doctrinal del fascismo estaba trasplantado casi palabra por palabra del socialismo en el que militó su fundador. Se torció cuando los camisas negras decidieron imponerlo mediante la violencia y ejercerlo durante veinte años con el más aplastante de los autoritarismos. Un régimen totalizador siempre es idéntico a otro, tenga el envoltorio que tenga: izquierdas, derechas, teocracias o ficciones democráticas como las que padecieron los mexicanos en su momento y ahora padecen los andaluces. Quiérese decir que José Ignacio Wert hizo mal en escudarse en el reduccionismo de la palabra «fascista» para calificar a los maleducados que le impidieron pronunciar una conferencia anteayer en Sevilla. No abundan hoy en la política, más bien escasean, las personas leídas como el ministro, cuya lengua afilada y cuyo cerebro siempre presto a la agudeza deberían haberle permitido encontrar otra manera de debelar la abominable intolerancia de los bronquistas: gentuza no habría estado mal, porque incluye a los presuntos estudiantes de dudosa higiene que se agolpaban en las últimas filas y a los seguros comisarios políticos que, desde un lateral, controlaban a sus cachorros. Si estos tíos representan el estado de las cosas en la educación, la reforma de Wert es en verdad imprescindible.