Fuegos de verano

Llegó el calor, y con él, el fuego que todo lo arrasa. Como cada verano, después de un invierno y una primavera sin lluvias, arderá el monte, y todo lo que pille el descuido, la negligencia o la temeridad de cualquier ser humano que por allí pasaba. «Cuando el monte se quema, algo tuyo se quema». Parece que no va con los políticos el destinar parte de los impuestos a crear protocolos de prevención del fuego. En este país se lleva el «lamentarse» o «ignorar la realidad» en lugar de plantearse qué podemos hacer para evitar que suceda lo que cada verano, además de concienciar a la gente. Sigo pensando que la Tierra está hasta los volcanes de nosotros. Nos comportamos como «arrasadores» en lugar de «cuidadores» de nuestra «casa planeta», como si la supervivencia de ésta no fuese con nosotros. Si en lugar de cubrir con cemento el suelo dejásemos espacio para los árboles, la huerta, las plantas... la lluvia se sentiría atraída y visitaría lugares ahora por ella «olvidados». El estado psicológico de la gente –está quemada, harta–, se proyecta en el paisaje: sequedad, poca agua, nada de lluvia, descuido, desolación. Practicamos la política de la «tierra quemada», esto es, arrasar en lugar de sembrar. Así nos va en todos los sentidos. En vez de tácticas de «apagar fuegos», que puede funcionar a corto plazo, pero jamás a largo. ¿Por qué no hacemos estrategias preventivas a largo plazo? Siendo, como somos, un país de pocas lluvias, el tema sigue sin estar resuelto. ¿Qué hay de los trasvases? ¿A qué esperamos? ¿A que España sea un desierto que termine en los Pirineos? El calentamiento global es la suma de los calentamientos particulares y de ignorar los mensajes que nos manda la Tierra. Si a uno se le quemase un dedo, no esperaría que la mano dijese: «Ah, como me pilla lejos, en nada tiene que ver conmigo». Ergo, si algo se quema, no importa lo lejos que esté de tu casa o de tu ciudad, algo tuyo se quema.