La cumbre CELAC-EU

América Latina no es muy importante para nadie, pero está muy por encima de África Negra, la única región que le gana en falta de peso mundial. Por supuesto también lo está respecto al mundo árabe, a pesar de que éste sí interesa a muchos por el petróleo y por una serie de malas razones. Lo uno y las otras sólo encuentran parecido en el subcontinente en la Venezuela de la infección chavista.

Para España es otra cosa. Por razones que no hay ni que mencionar, para nosotros Iberoamérica nunca puede dejar de ser importante. Es un deber nacional mantener las relaciones al nivel más alto e íntimo posible, aunque algunos a veces nos lo pongan difícil y la dignidad y los intereses nacionales, que no son dos cosas diferentes, requieran subir el tono. Además de ese imperativo obvio está la oportunidad de las relaciones económicas, mutuamente beneficiosas, que, a pesar de todas las decepciones, tampoco debemos dejar nunca de lado, aunque sin caer en la ilusión o retórica de que puedan llegar a ser prioritarias.

Para la Unión Europea, la región trasatlántica tiene el suficiente interés como para que se hayan desarrollado entre ambas seis cumbres desde el 99 y se celebre ahora la séptima con mayor amplitud que nunca. A lo largo de una década las relaciones no han dejado de intensificarse y su marco jurídico de mejorar. Los papeles oficiales que estos días circulan subrayan insistentemente que el volumen de intercambio comercial se ha duplicado en ese período y que la inversión directa de este lado del Atlántico en el otro supera a la que la Unión realiza en Rusia, China y la India sumadas. Eso no quiere decir que la atención que le prestamos a Rusia vaya por detrás. Goza de la preferencia de un vecino problemático, que nos tiene cogidos por el cuello energético. También las expectativas con respecto a China son superiores. Y Estados Unidos no puede dejar de ser prioritario. Pero Latinoamérica es un mercado muy a tener en cuenta, máxime en estos tiempos de una crisis que ha afectado mucho más a nuestro club que al conjunto de sus países. Además está el nada despreciable tema de las afinidades culturales. Como un producto de la civilización Ibérica, Latinoamérica es y debe ser parte de Occidente y consolidar ese carácter, mantener ese vínculo y todo lo que políticamente implica es tarea que se asume desde esta orilla del Atlántico y que ha llevado a calificar el intercambio de estratégico. Algo un tanto retórico en la práctica, pero que no deja de tener su transcendencia. En ello España debe esforzarse por mantener siempre una relación especial, cuya relevancia depende de la que España pueda tener dentro del club Europeo. Aznar había conseguido aumentarla, en no pequeña parte vía Washington, y Zapatero se encargó de desandar el camino. Los actuales no son tiempos que propicien mejorar la influencia entre nuestros socios, pero desde luego Rajoy, que no es muy viajero, está hoy donde debe.

El lema que se le ha dado a esta séptima reunión: "Alianza para un desarrollo sostenible: Promoviendo inversiones de Calidad Social y Ambiental"suena demasiado a rimbombancia burocrática. La traducción al román paladino es el interés europeo por la seguridad jurídica de sus inversiones en aquellos mercados a los que reclama legislaciones de apertura, transparencia, actitud favorable a los negocios. Este será el núcleo de la conferencia, mientras que la comidilla girará en torno a la incógnita Chávez. Las dos cuestiones no están desconectadas. El demagogo Venezolano es un campeón del proteccionismo y un opositor de muchos de esos valores que abarca la marca "Occidente".