La deseada

La Razón
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Los que quieren no valen y los que valen pasan. Por la convención demócrata, a la hora en que escribo, ya han cacareado Bernie Sanders, la senadora Elizabeth Warren y Bill Clinton, pero nadie electrizó a la audiencia con la gracia de Michelle Obama. El cómico Stephen Colbert resumió el sentir general cuando explicó que la primera dama abandonó el escenario transformada en el candidato favorito. Aquel por el que mataría un partido demócrata que debe conformarse con Hillary Clinton y la bestial antipatía que despierta. Sólo Michelle supo encapsular las píldoras y los dardos, la exaltación y el terciopelo, en una parrafada histórica. «Esta es la historia de este país», comentó, «la historia que me ha traído a este escenario esta noche, la historia de generaciones de personas que sufrieron bajo el látigo de la esclavitud, la vergüenza de la servidumbre, el aguijón de la segregación, pero que nunca cesaron en su esfuerzo por hacer lo que era necesario, de modo que cada mañana despierto en una casa que fue construida por esclavos. Y veo a mis hijas, dos mujeres hermosas, inteligentes, negras y jóvenes, jugando con sus perros en el jardín de la Casa Blanca. Y gracias a Hillary Clinton, mis hijas, todos nuestros hijos e hijas, dan por sentado que una mujer puede ser presidente de los Estados Unidos». En realidad la Casa Blanca fue levantada por un ejército de esclavos, negros libres e inmigrantes. Pero eso no desautoriza el hecho de que los primeros constituyeron el grueso de la mano de obra, ni la audacia necesaria para disparar semejante obús, en plena convención, en prime time, y salir vivo. Incluso los republicanos aplaudieron el discurso. Quizá porque la gente está harta de trileros, de candidatos con aire de encantador de cobras, de farsantes con lengua venenosa. Qué contraste, madre mía, con el viejo Sanders y sus jóvenes leones. Aunque apoyó la nominación de Hillary su discurso fue un ejercicio de ego en el que tardó casi 15 minutos en pronunciar el nombre de su rival. Lejos de aceptar la derrota muchos de sus seguidores tratan de boicotear los actos, desfilan por las calles, prometen guerra y anuncian que se quedarán en casa, a dormir la siesta, el día de las elecciones. Bill Clinton, por su parte, demostró que sigue siendo el rey del micrófono, aunque por momentos se le vio lento y cascado. Cuando lean esta pieza ya habremos escuchado a Obama, un presidente al que según los parámetros europeos podríamos calificar de liberal, moderado y centrista, y que sería odiado por los zangolotinos de la izquierda radical en base a un programa de máximos que exige el todo mientras ofrecen la pura nada. Y este jueves habla Hillary. A tres meses de coronarse como la mujer que frenó al gran bufón, ése que en campaña elogia sus genitales. O bien, miren las encuestas, a tres meses de enterrar su carrera política con el fracaso más ignominioso del último medio siglo. Michelle, todavía no te has ido y ya nos come la nostalgia.