Historia

José María Marco

La nueva vida

La Razón
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La mayor parte de las prescripciones de Jesucristo son imposibles de cumplir. No conseguimos amar al prójimo como a nosotros mismos, no ponemos siempre la otra mejilla, no nos es dado distinguir del todo la religión de la política... Se puede pensar por tanto que son retos con los que el Señor nos puso a prueba, como un profesor que, tanto o más que el resultado, valora el esfuerzo y el tesón del estudiante.

Sin embargo, a pesar de ser un maestro, un rabí por decirlo con propiedad evangélica, Jesucristo tiene poco de profesor. Lo suyo –por usar esta expresión– es otra cosa, mucho más del orden del encuentro y de la revelación, de la epifanía, que de la doctrina. Así lo demuestran las breves páginas que los Evangelios dedican a los hechos que recordamos estos días: la indicación a los Magos, la intuición trágica de Herodes, el anuncio a los pastores. El Niño aparece rodeado de signos y de hechos que apuntan a la irrupción de algo nuevo, algo que con su sola presencia cambia ya, en el momento mismo de su llegada, la realidad.

Desde entonces, vivimos en un mundo nuevo. Claro que el Señor se había manifestado antes. El pueblo judío atestigua esa larga intervención en la historia, en el tiempo humano, sin la cual se comprende mal lo que viene luego. Aun así, la novedad, también radical, es que el nuevo tiempo va a hacer posible tomarse totalmente en serio los mandatos, en parte nuevos y en parte ya formulados, del Señor. Al nacer como ser humano, Dios cambia nuestra relación con su palabra. La Ley sigue vigente en cada uno de sus artículos, pero se ha convertido en la sustancia misma de nuestra vida.

A partir de entonces, no somos distintos de lo que la Ley, o el mandato del Señor, quiere de nosotros. Somos lo que Dios quiere que seamos, y la realidad entera –como los ángeles de los pastores o la estrella de los Magos– se ha transformado en el escenario de un perpetuo milagro donde somos capaces de hacer aquello que, formulado como mandato, era imposible. Recordar aquel día y felicitar la Natividad del Señor es dar de nuevo gracias a Dios: por la nueva vida que sólo Él podía darnos y por ser capaces de entenderla e incluso, alguna vez, intentar expresarla.