La obsesión nacionalista

El nacionalismo catalán siempre aprovecha los momentos de debilidad o crisis para avanzar en su camino hacia la independencia. No existe ningún fundamento histórico serio que justifique las pretensiones soberanistas. La Cataluña milenaria, tal como la describen sus hagiógrafos, no existió. Cualquier medievalista se queda estupefacto ante el relato mitificado que recorre ese periodo, como si fuera la lucha por crear la nación catalana. Lo mismo sucede cuando un experto en Historia Moderna se adentra en los despropósitos sobre los Reyes Católicos, el periodo de los Austrias o de los Borbones. El colofón final es la visión contemporánea donde concluiría ese proceso de un pueblo que durante mil años ha querido ser independiente. La realidad hubiera podido ser ésa, pero no fue así. El problema de los defensores de la independencia es que no tienen una base identitaria de carácter social, histórico, idiomático o religioso para justificar sus pretensiones. La enorme riqueza obtenida por Cataluña sólo se explica a partir de su pertenencia a España. Las sucesivas oleadas migratorias desde el resto de España a Cataluña a lo largo del siglo XIX explican el enorme crecimiento económico así como el nivel de población que se ha alcanzado.

Los nacionalistas han conseguido crear ahora un problema donde no existía. La estrategia se ha sustentado, una vez más, en el victimismo. La crisis económica ha servido para esconder los graves errores y la mala gestión de los gobiernos de Pujol, Maragall, Montilla y ahora de Mas. Nada más cómodo que encontrar un enemigo exterior al que culpar de tus propios fallos. El despilfarro sistemático para sustentar políticas identitarias que fortalecieran el sentimiento nacionalista nos ha conducido a la bancarrota. En lugar de reflexionar y resolver el problema se ha acudido a la existencia de un déficit fiscal, algo habitual en todos los países entre los territorios. Los más desarrollados tienen que contribuir más para avanzar hacia la igualdad. Durante mucho tiempo, España fue un mercado cautivo para Cataluña y el País Vasco que eran las regiones más industrializadas. Otra cuestión distinta es que se busquen mecanismos de financiación autonómica e inversión estatal que sean más justos, pero no lo es el planteamiento profundamente insolidario del nacionalismo catalán, que sólo busca la independencia. La crisis ha favorecido ese mensaje, ya que se asegura a los catalanes, con todo el poder que significa el aparato mediático del Gobierno de Mas, que Cataluña ha sido y es expoliada por España. Es un debate tan efectivo como primario, donde no entra la racionalidad y la verdad es irrelevante. Es un esquema que permite esconder las profundas carencias de un Gobierno que se ha instalado en la reivindicación y que ha convertido la independencia en una atractiva utopía. Artur Mas y Oriol Junqueras, los dos socios de la secesión, tienen prisa, mucha prisa, porque la recuperación económica juega en su contra. La opinión pública es voluble y la superación de la crisis hará que la independencia pierda adeptos, porque es un camino hacia el desastre.