La torre vigía

Tenía muy pocos años la primera vez que leí uno de sus libros. Eran otros tiempos. Antiguos, épicos y lejanos: los de la infancia. Los suyos. La novela se titulaba «El muchacho de la torre vigía», la leí de un tirón, parando únicamente cuando me obligaban a sentarme a la mesa o meterme en la cama. Más tarde el título cambió y pasó a ser tan solo «La torre vigía», pero cuando yo la leí había un muchacho que me estaba llamando desde el título, haciéndome señas para que me acercase a aquellas páginas mágicas. El libro contaba la historia de un joven que se preparaba para ser caballero. En un mundo feroz, violento y salvaje, el muchacho que no tenía nombre –cuyo nombre nunca supe– era un alma sensible y preciosa rodeada de ogros. Años después, cuando conocí a la autora, estuve a punto de preguntarle: «¿Y cómo se llamaba aquel chico?». Pero en el fondo sabía que Ana María Matute se hubiese reído un poco de mí, cariñosa, coqueta y grácil, y me habría respondido: «El muchacho se llamaba como tú, eras tú, so boba...».

No es fácil ser mujer en eso de la literatura (ni en el resto de las cosas de la vida). No por lo que se refiere a los lectores, que carecen afortunadamente de prejuicios, sino por todo lo demás. Ella, a quien ensalzan ahora, me contó cómo era para una mujer publicar en los años cuarenta o cincuenta y, por comparación, sentí que vivo en Jauja Beach. La última vez que la abracé, hace unos meses, me recordó a un pajarillo.

Igual que el muchacho de la Torre Vigía, puedo oírla despedirse con serena grandeza: «Mi fuego se ha diezmado en incontables cenizas, y no soy capaz de sobrevivirme».

Hasta siempre, querida hada buena.