Los verdugos y la vergüenza

La Razón
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Una sola vez. A lo largo de las cuatro décadas que llevo en esta profesión, tres cuartas partes dando tumbos por el mundo de guerra en guerra, sólo ha habido una ocasión en que de forma consciente he mentido.

Fue en el verano de 1979, en Nicaragua, donde los entonces idolatrados sandinistas acababan de asaltar el poder. Empezaba a operar la «contra» y una noche, a toda prisa, nos convocaron al Ministerio del Interior para mostrarnos al «contrarrevolucionario» que había asesinado a uno de los alfabetizadores en las montañas del norte. Sacaron al tipo y apenas ponerlo a la luz, en el escenario, vi con nitidez en su membrudo cuello la infame marca morada que deja la goma, cuando los martirizadores te la aprietan una y otra vez hasta casi ahogarte en el interrogatorio.

La Semana Santa anterior, tras ser capturado por las tropas somocistas, yo había pasado tres días en las mazmorras del «Chipote» y había visto la misma huella en las gargantas de los que volvían del «examen».

Cuando me llegó el turno, lo que tenía que haber preguntado –alto y claro– a aquel desgraciado es si la confesión que musitaba con ojos espantados le había sido arrancada con tortura.

No lo hice. Me puse como todos los presentes a favor de las olas. Ni inquirí allí ni escribí después y me he arrepentido de ello. No sólo cuando descubrimos que los sandinistas robaban, reprimían y hasta algunos, como el presidente Ortega, abusaban sexualmente de sus hijas adoptivas.

¿Y este prólogo tan largo para qué? Pues para subrayar el escándalo que me produce ver que en España, partidos que concurren a las elecciones, representantes políticos a los que se les llena la boca de la palabra democracia, apoyan ahora a los verdugos.

La podemita Teresa Rodríguez se escuda en que Sevilla está muy lejos de Caracas para poder opinar sobre esos 14 años de cárcel con los que el chavista Maduro ha condenado a Leopoldo López.

¿Y a cuántos kilómetros, alma de Dios, están Siria, Gaza, China o Kabul? Su jefe, Pablo Iglesias, tras intentar cubrirse con un «no me gusta», suelta en televisión que, en España, el líder opositor hubiera sido condenado a muchos más años de prisión. Se entiende que no cargue contra sus mecenas, pero sólo hay una lectura: está con los sayones.

Y acompañado; porque los IU, los de ERC y otros periféricos aplauden esta ignominia. Y todavía hay gente de bien, hasta de la que va a misa, que les piensa votar.