Manolete y Adrian Brody

Se está celebrando, aunque cueste trabajo asegurarlo ya que aquí sólo se habla de lo único, el centenario del nacimiento de Manolete. Hecho, el del nacimiento, usurpado de trascendencia porque por su hora final se le niega la previa condición de vivo. Manolete lleva muriéndose setenta agostos. «Lo mueren» con tanta obstinación que su cornada resulta íntima. Y sin embargo, más que su trágico destino, son sus años de fulgor, su joven madurez hasta apurar el cáliz en Linares, los que sirven para iluminar una época. Esto lo explica muy bien Fernando González Viñas, un hombre fuera de colección, comisario de las actividades con las que Córdoba recuerda la grandeza de su paisano. Al llegar a Méjico, los periódicos lanzaron el ditirambo: llegó aquí el español más importante tras Hernán Cortés. Hoy, asediada la liturgia taurina, despreciados sus valores, subestimada como una carnicería banal, Manolete se ignora porque, ciertamente, es un ejemplar de una raza que nuestra época trata de erradicar. Un ejemplar de la verdad, presentada bajo un sentido estético y la honestidad, considerada como excelencia moral y reputación. Cuando Adrian Brody aceptó interpretar a Manolete exigió sentir el miedo, explorar las entrañas del torero. La película se rodaba entre ventas andaluzas, sembrados, descoques sexuales, extras diversos y extravagancias supinas: al director le gustaba relajarse boxeando y se hacía acompañar de un sparring negro para calmarse entre toma y toma. De ahí no salió nada bueno. Brody, imbuido de su fisonomía manoletesca, se ponía el vestido de torear como el que va en ropa deportiva. Reclamaba torear insistentemente y apenas le dejaron dar unos lances a unas eralas con unas zapatillas deportivas puestas. Un hombre viejo le hizo creer que durante el rodaje se enfrentaría definitivamente a un morlaco. Había visto al animal en el campo la noche anterior y cuando el director mandó acción, Brody, apoyado en un burladero, llegó a creer que tendría que estar con el toro para rodar la escena: su cara se tornó cetrina.