Matías Prats

La Razón
La RazónLa Razón

Aterricé en los informativos de Antena 3 la madrugada del 1 de octubre de 2008, procedente de CNN+. Me recuerdo nerviosa, desorientada, acababa de saltar a una piscina de aguas inciertas. Pronto observé, junto al ordenador que me habían asignado, una foto en blanco y negro con sus tres generaciones: padre, hijo y nieto. «Sí, son los Prats. Tienes ahí la foto porque Matías se sienta también en tu sitio, pero de día». ¡Qué ilusión! Regalo del destino. ¡A ver si se me pegaba algo del más grande!

Coincidimos un tiempo después (mitómana cero, pero si se trata de él hago un punto y aparte.) No hizo falta que me planteara saludarle. Se acercó con su sonrisa de galán para presentarse. El maestro pasea un señorío innato en cualquier escenario. Sabe que su sola presencia causa impacto, así que lo rebaja con una naturalidad encantadora. Despliega humor y socarronería, acabas sin remedio metida en su bolsillo. Pero la cosa no queda ahí: pasados los años se convierte en ese compañero entrañable con vocación de mimarnos a todos, en ese fenómeno natural que –me consta– lleva porras y bizcochos a su equipo los fines de semana o les invita a comer y a lo que se tercie; entra a veces bailando en la zona de maquillaje, gastando bromas, o va depositando premios en nuestra zona de trabajo porque, sencillamente, ya no le caben en la suya, no sabe dónde colocarlos.

Con Matías no existen las barreras. Lo mismo se codea con reyes y ministros que con nosotros, sus compañeros redactores y técnicos. Los cámaras le aprecian tanto que un día acordaron aplaudirle antes de que empezara el informativo. La tradición cobra fuerza. Matías y los aplausos, un caso único en este país de envidias, egos y competiciones. Si un día deja de verte en pantalla, llega pronto su mensaje: «¿Todo bien, Sandrita? No sales hoy». Si te sucede algo bueno, él se adelanta al resto para felicitarte.

Le otorgo categoría de icono admirado en pedestal y sin embargo accesible, estrella indiscutible. Con Matías se cumple el dicho de que, cuanto más sobresaliente es uno, más humilde se nos presenta. Kapuscinski tenía razón, permíteme que insista.

El Premio Nacional de la Televisión que acaban de concederle no hace sino recordarnos que Matías brilla, sobre todo, por su humanidad. Te quería contar estos chascarrillos internos para confirmarte que le adoramos. Muchas felicidades, maestro.