«Me llaman»

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Una nefritis degenerativa grave , la llamada enfermedad de Bright, se llevó el 15 de mayo de 1886, a una de las grandes poetisas de todos los tiempo, Emiliy Dickinson. Antes de morir, escribió una carta a sus primas en la que les decía: «Me llaman». Intuía el peligro, el deseo o la necesidad de irse. Alguien tuvo a bien escribirlo en su lápida a modo de epitafio para que no se olvidara.

Sin llegar a esos extremos dramáticos, la expresión es reveladora y muy descriptiva.

Cuando te llaman, hay que ir, de la misma manera que para llegar, hay que salir.

A la gente, a toda en general, a los españoles en particular, nos gusta la calle. Mi abuela tenía una expresión muy gráfica: «Esta niña sólo quiere calle». La calle es un buen refugio para quien quiere libertad. Cuando tenemos ganas de gritar, de vivir, cuando nos vemos superados por los acontecimientos, cuando hay algo que celebrar, cuando nos sentimos felices o nos puede el cabreo, salimos a la calle para ver y ser vistos, para sentir que somos parte de ella, reivindicar que es nuestra y de los demás. La calle es el mejor escenario del mundo donde mostrar la vida y mostrarnos vivos. En palabras de Thomas Chalmers, la dicha de la vida consiste en tener algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar. Y qué mejor lugar donde hacer y esperar que la calle. Como sala de espera, es difícil de superar. Hay veces que la calle nos llama, esté donde esté: en Charleston, en Barcelona, en Bilbao, en Madrid, y/o en el Valle del Jordán como hicieron ayer 5.000 mujeres israelíes y palestinas vestidas de blanco que recorrieron el desierto para pedir la paz en Oriente. «Somos mujeres de la izquierda, de la derecha, árabes y judías, de ciudades y periferias y hemos decidido parar la próxima guerra», dijo una de las fundadoras de Women Wage Peace. Les llamaron y fueron. Da igual de dónde vinieran, quiénes fueran y lo que pensaran. La calle es como una madre: cuando te llama, vas.