Metástasis en un reloj parado

Es curioso. Mi vida empeora repentinamente en un momento en el que me había alejado de las duras servidumbres de la madrugada, justo cuando mis hábitos de bohemio y mi alma de matón se habían refugiado en la conducta de un fraile, como un soldado que huyendo de los peligros del frente hubiese enfermado de gripe escondido en la rutina de la retaguardia, o como le ocurrió a aquel tipo que una noche regresó al Savoy tras varios años de ausencia y me dijo que su vida de orden sólo le había servido para descubrir que a su cuerpo se le infectaba la penicilina. Un tipo me dijo de madrugada en un antro que «a veces, después de tanto tiempo sin dormir a una hora decente en tu cama, comprendes que cambiar de hábitos sólo te va a servir para encontrar a tu mujer con otro hombre por culpa de haber vuelto temprano a casa». Reconozco que no estoy preparado para una muerte decente y que me desconcierta la noticia de que pueda sucumbir a algo que no comprometa mi reputación, lejos de los riesgos de antes, de espaldas a los peligros con los que tanto disfruté hasta no hace mucho tiempo, en aquellos años de caos y rebeldía en los que me resistía a la moral y contenía peor el dinero que la orina, infinitas noches en las que alumbraban con flácida luz de urea las tulipas de los lupanares y no conocía un solo remordimiento que mi rostro insomne y culposo no pudiese convertir en fotogenia. Viví feliz e irresponsable en una malaria de sueño y de besos, arrastrado sin resistencia por un buey de humo, convencido de que a un hombre no lo hace mejor quien le prepara el agua tibia, enjuagada y dominical del baño, sino la mujer con la que ensucia la penumbra y desplancha la ropa. Y ahora me encuentro con que mi pasado ha hecho metástasis en un reloj parado...