Metro de Madrid

La Razón
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Mi amigo Álvaro Arias, eximio profesional que desempeña altas responsabilidades en esta empresa, y que como persona es lo siguiente a este adjetivo superlativo, tuvo la generosidad de ofrecerme participar en los cursos de formación de los empleados de Metro. Me contactó con los responsables de formación, Juan Carlos Galindo y María Elena Lacalle y, como dicen mis alumnos, ya empecé a flipar. Dos personas de trato exquisito y muy profesionales que sabían perfectamente lo que querían de mí. De ahí salió una colaboración que me ha dejado lleno de esperanza: tenemos en España personas muy preparadas y de una ética digna de encomio de las que debería aprender nuestra clase política. El último curso que acabo de impartir ha sido al personal del servicio de Atención al Cliente. Son los que dan la cara por Metro de Madrid cuando las cosas no funcionan. Atienden todo tipo de quejas, reclamaciones y sugerencias. Y, créanme, se ocupan y preocupan por quienes utilizan día a día este extraordinario transporte. Son empáticos, responden con concreción y justicia a lo que se les reclama; anotan y dan curso a las sugerencias que reciben, no desoyen ninguna queja por peregrina que sea. ¡Escriben con claridad, propiedad y corrección!, lo que ha hecho aflorar mis lágrimas de filólogo. Pero tienen un defecto: no son visibles, están perdidos en un rincón de la periferia y, a tenor de la calidad humana de estas mujeres y de estos hombres, estoy seguro de que, si estuvieran en Cavanilles o en la plaza de Castilla y los usuarios pudieran entrevistarse con ellos en los casos verdaderamente necesarios, la imagen de Metro de Madrid subiría muchos enteros. Gracias, pues, a todos ellos por estos días de aprendizaje mutuo. Y gracias a Álvaro por permitirme ser su amigo.