Mi mamá me mima

Me alegro. Mucho. Y dirán ustedes ¿por qué? Por pura simbiosis emocional y afectiva. Que una parte de nuestra infancia que todos (al menos, los de una generación) recordamos con cierta ternura, como los legendarios cuadernos Rubio, se exporte a la inalterable y hermética Alemania reconforta en parte el espíritu, aunque el cuerpo lo deje más o menos igual de fastidiado. Aunque puede que sea una muestra de lo necesitados que andamos de cariño.

En cierta medida, esta exportación abre las compuertas a un cierto optimismo. A ver si los alemanes, tan fríos ellos, tan autosuficientes, tan sobrados de todo y de todos, se humanizan un poco aunque sea escribiendo aquello de «mi mamá me mima» o «las nubes corren cuando sopla el viento». Puede ser un pensamiento ingenuo, pero quizá empiecen a entender la obligación de la figura maternal de dispensar mimos a los hijos. Lo único malo de esta historia es que no creo que la señora Merkel y su Gobierno estén ni en edad ni en disposición de aplicarse con la caligrafía de estos cuadernos. Lástima que lleguen tan tarde.

Es una buena noticia, no sólo económica y empresarial, sino para nuestra malograda imagen pedagógica . Al menos, que se salve algo de nuestro sistema educativo, ya que el nivel de nuestros estudiantes no llega a la mínima y el de los profesores, según vimos hace unos días, le va a la zaga, al menos que el material escolar pueda crear escuela en tierras teutonas. Por algo se empieza, y mejor si es por el principio.