Morir bajo tu cielo

Hay novelas que entretienen, las hay que enseñan, pero que hagan mejores a quienes las leen, muy pocas. «Morir bajo tu cielo», la última de Juan Manuel de Prada, es de éstas últimas. Por trabajo, tengo que leer desde métodos empresariales hasta manuales de bricolaje, pasando por instrucciones –muchas– para ser feliz. Por eso me reservo la cama para dejarme mecer por lo que me gusta. En ese nocturno viaje hay amigos fieles como Joseph Roth; apuestas seguras, como Henry James y héroes de silenciosa adoración, como Zweig. Excepcionalmente, un libro se queda en la cabecera. Es el que se relee porque no se agota en el argumento, sino que te acompaña y construye. Es un título, más que un autor; un texto que haces tuyo y al que regresas cuando estás fatigado por la vida, porque te recupera y relanza. Es «Los hermanos Karamazov», de Dostoievski; es «Cristina, Hija de Lavrans», de Sigrid Undset; es «El poder y la gloria», de Graham Greene. Son páginas que te revelan que tus más hondas preguntas no son cosa tuya, de neurótica desfasada, sino parte fundamental del ser humano. En ese capítulo ha entrado «Morir bajo tu cielo». La excusa del texto son los últimos de Baler, un episodio adorado por José Luis Garci, que define un poco nuestra identidad nacional, la de locos cabezotas y valientes. Es verdad que aprender historia y recuperar la Filipinas española (parece mentira que un trozo de Asia fuese nuestra patria) es importante. Pero son los personajes y su fondo lo que hace excepcional esta novela. Hay malos espantosos, en los que podríamos convertirnos si nos abandonásemos al cinismo o al odio, como Roger Van Houten; mediocres consumidos por el resentimiento, como Menache o Martín Cerezo; inocentes llenos de dulzura, como Calvete; santos pecadores, como fray Cándido; vírgenes provocadoras, como Sor Lucía; héroes tristes, como Las Morenas y enamorados ardientes, como Chamizo y Guicay. El libro contiene tesoros inusuales, entre ellos la hermosa definición del amor en el paraíso, donde «cada célula de nuestro cuerpo se unirá en armoniosa pulsación con cada célula» del amante. O la poderosa explicación –que tanto le gustaría a Francisco– de por qué el hombre más miserable es tan candidato al abrazo misericordioso de Dios como el más abnegado. Más allá de discusiones profundas, descripciones alucinantes o metáforas deslumbrantes, muy al estilo Prada, «Morir bajo tu cielo» te deja la convicción de que ni las peores injusticias ni los hombres más atroces pueden negar la positividad de la vida. Eso se llama esperanza. Leer este libro de Prada significa, sencillamente, hacerse mejor.