Muerte del municipalismo

Mi admirado Jesús Clavijo, que anda por otros rumbos más rentables tras cansarse del periodismo batallador que practicaba, conoció mejor que nadie las miserias de muchos ayuntamientos cuando se ataban perros con longaniza: «El municipalismo ha muerto», exclamaba sin venir a cuento cada vez que le colgaba el teléfono a un concejal trincón, y teorizaba sobre la decadencia de la clase política: «La mayoría, más que ladrones, son tontos de baba a los que pierde la ambición». Ayer leíamos que un consistorio apodera a un matador de toros con fondos públicos, que unos cuantos municipios mantienen embajadas en la costa a cargo del contribuyente y podríamos escribir un libro sobre ciertos alcaldes que se dotan de un servicio de protección personal que ni en el Medellín de los peores días, con agentes de la guardia urbana armados como Rambo. El sobrante lo destinan a los multi-sueldos que cobran de diputaciones, mancomunidades, sociedades de desarrollo local (mangancia personal) y chiringuitos diversos. Pues a estos gestores quiere rescatar Montoro, y antes Salgado, porque conforman el tejido básico de la formidable maquinaria de poder de los partidos. ¿Cómo se acarrea hasta un mitin a un ciudadano herido porque el pueblo vecino tiene la piscina olímpica de la que el propio carece? Pues piscinas para todos y aplaudiendo, que es gerundio. En lugar de una paletada de millones, vía FLA o por el artículo 33, lo que habría que mandarles es a una pareja de picoletos con una orden del juzgado en una mano y unos grilletes en la otra.