Muy espontánea

Lo mejor de las manifestaciones que convocan y organizan las gentes de Rubalcaba y Lara es la espontaneidad. Eso, el impulso individual que coincide con otros impulsos individuales, y que da como resultado una concentración en la calle Génova contra el Partido Popular. Lo curioso del caso es que muchos impulsos individuales coincidieron en las pancartillas que portaban, que eran idénticas. El mismo tamaño, el mismo mensaje, la misma impresión, el mismo tipo de letras y similar palo de madera. Pura coincidencia en la espontaneidad. Y como no podía ser de otra manera, banderas tricolores de la efímera Segunda República, señeras estrelladas de Cataluña, y alguna gallega con la estrella roja de cinco puntas. Todo ello, producto de la casualidad, consecuencia del legítimo derecho a manifestarse contra el PP, porque contra el PSOE o Izquierda Unida ese derecho no existe por considerarse una provocación fascista.

Ya lo he contado. Magna manifestación estudiantil en tiempos de Franco ante la Embajada del Reino Unido. El motivo, la ocupación inglesa de Gibraltar. Gritos patrióticos. El fuego interior que se contagia y de los gritos patrióticos pasan los manifestantes a liarse a pedradas contra las ventanas de la Embajada. Y el señor Embajador de Su Majestad la Reina Isabel II, alarmado por la creciente iracundia popular, llama al ministro de la Gobernación. –Señor ministro, están apedreando la Embajada-; -¿Quiere el señor Embajador que le mande más policías-; - No es necesario. Bastaría con que me enviara menos manifestantes-. Otro ejemplo de espontaneidad reivindicativa.

Benito Mussolini, el héroe de Berlusconi, visita Florencia. Advierte un detalle preocupante durante su encendido discurso de afirmación del Fascio. En una esquina hay manifestantes vestidos de paisano, de calle, a su manera. Se interesa por ese rincón que rompe la estética de las camisas negras, que ahora sólo usan los del cine español y los colaboradores de Prisa para sus anuncios de promoción. Su yerno, el conde Ciano –al que fusilaría posteriormente–, le aclara la situación. «Para que la prensa extranjera repare en la presencia del pueblo». Un nuevo ejemplo de espontaneidad manifestante.

Mucha gente, escorada a la derecha y a la izquierda, se pregunta por qué la espontaneidad de la indignación sólo surge cuando el Partido Popular es el que gobierna con el apoyo de los votos, que no de los gritos. Y la respuesta es muy sencilla. Porque los de la derecha son malísimos y los de la izquierda buenísimos, como se ha demostrado palpablemente en los últimos ocho años. He llegado a esa conclusión por falta de respuestas convincentes a la pregunta en cuestión. Los buenísimos son tan encantadores que no pueden aceptar ser gobernados por los malos, aunque los malos consigan algunos millones más de votos. Y entonces organizan las indignadas algaradas. Se trata de llevar a la práctica un sistema político llamado «Democracia Discrecional». Se admite el valor de los votos cuando las izquierdas triunfan y se anula ese mismo valor cuando son las malvadas derechas las que ganan las elecciones. Un sistema, por lo tanto, justo y equilibrado, cuyo máximo representante e ideólogo es el señor Rubalcaba, siempre apoyado por la empresa Prisa, salvada de la quiebra por el PP y de la que es presidente un falangista rebotado que gana al año 12 millones de euros, y pone en la calle a centenares de sus trabajadores cuando no les rebaja el sueldo «porque ya no podemos vivir tan bien como antes».

Todo, muy espontáneo.