«No ha habido dolor, incluso hubo momentos de una apacible lucidez»

Fue su nuera, Isabel, la encargada de recibir las múltiples llamadas a la familia. No en vano, la hija del ganadero Samuel Flores, fue siempre un «ojito derecho» del ex presidente. Mucho antes de su enfermedad, su hijo Adolfito, devoto de los toros, había conocido a esa chica guapísima, en un tentadero castellano. Años después, el primogénito se casaba en la Finca La Povedilla, propiedad del empresario taurino Flores, y allí empezaría su nieto, Adolfo tercero, a entrenar en el arte de Cúchares. El ex jefe del Gobierno ya no lo vería, pero Isabel Flores aún recuerda cómo el abuelo, ausente en su dolencia degenerativa, tenía pequeños momentos de lucidez. Y ella cree, que en estos últimos momentos no sufrió. «La mirada que durante la enfermedad de Alzheimer puede parecer perdida, a él no le pasó. E, incluso, recuperó la tranquilidad de quien sabe llegará a un lugar mejor».

Quiso el destino que Isabel y el mayor de sus hijos estuvieran esa tarde en la residencia familiar de La Florida. Iban casi todos los días a visitarle, hasta que Adolfo Suárez Illana, el heredero que probó la política, pero no le gustó, les recogía para tomar algo y volver al domicilio cercano. El resto de la familia, Sonsoles, Laura y Javier, acudían también con frecuencia a visitar a su padre, junto con los otros nietos, poseedores de un recuerdo, para ellos muy lejano. Tras las trágicas muertes de su hija mayor, Marian, y de su mujer, Amparo Illana, víctimas de la crueldad del cáncer, el ex presidente entró en un letargo inamovible, algo que los neurólogos definen como «un pasar a la otra orilla, sin enterarse». El misterio de un cerebro que duerme, aunque sólo, en apariencia.

Le ha tocado a Isabel, una mujer discreta, la gran cuidadora de Suárez en estos últimos momentos, responder a las llamadas de los más íntimos. «No ha habido dolor, incluso tuvo algunos momentos de una apacible lucidez», comentó a quienes torpedeaban su teléfono. Apellidos de tronío, a los que la nuera de Suárez atendía con exquisita educación. En ese entorno cercano, la empleada familiar de toda la vida, Herminia, una abulense de Cebreros, que se llamaba como su madre, un fisioterapeuta, y un neurólogo de confianza que ha estado a su lado en estos años, y cuya discreción le impide divulgar hasta su nombre. «Estos enfermos se van sin dolor, con algunos instantes a modo de destellos, que les permiten despedirse de quienes han estado a su lado».

«El olvido les da una tregua, sin sufrimiento», asegura el facultativo. Durante su traslado, en una ambulancia que ya estaba preparada de urgencia en los últimos días, dicen que el paciente percibe silencio, tranquilidad y mucha paz. «Nunca tuvo manos temblorosas», ha comentado Isabel Flores a quienes han hablado con ella. «Por el contrario, reposadas, nada sudorosas, que agarraban fuertemente a sus hijos y nietos, los únicos que le visitaban». Sus días eran apacibles, en un letargo indeterminado, que le permitían un paseo por los jardines de su residencia y una dieta frugal, de consomé y tortilla a la francesa, que tanto le gustaba en su etapa en La Moncloa.

La tarde que el Rey Don Juan Carlos acudió a su residencia de Casaquemada para imponerle el Toisón de Oro, su hijo Adolfo lo tenía claro: «He de hacer la foto de espaldas porque su mirada está ida, como infinita, prueba de que encierra mucha historia». Una mirada etérea, pero no perdida. Razón tenía el primogénito del primer presidente de la Democracia al definir el estado de su padre quien, sin conocer, apreciaba el afecto. Un hombre y una biografía únicos desde aquella tarde del mes de julio de 1976 en que, tras una llamada del Rey, acudió a La Zarzuela. «Adolfo, te quiero pedir un favor, acepta la Presidencia del Gobierno». La respuesta fue contundente, «Señor, ya era hora». Fiel reflejo de su personalidad, porque los rumores eran enormes sobre su nombre y la caída inminente de Carlos Arias.

Así fue como un joven Adolfo, atractivo, simpático y con una sonrisa a flor de piel, se convirtió en presidente del Gobierno en un momento crucial para España. Inicia su primer Gabinete entre las intrigas de los franquistas, los recelos de «reformistas» como Fraga y Areilza, y el rechazo de la oposición democrática de izquierdas. De ello surgió el apelativo de los «penenes», siglas de los profesores no numerarios, en alusión a que Suárez se había visto obligado a buscar personas de bajo perfil para su Ejecutivo. Pero el abogado abulense no cedió ante nada y, contra viento y marea, pivotó la transición democrática con talento y coraje. Su amigo y tantos años estrecho colaborador, Fernando Abril Martorell, bien lo decía: «El estado natural de Adolfo es el abrazo».

Astuto político, experto seductor, aún le recuerdo en el antiguo bar del Congreso, entre numerosos cafés, en permanente conversación. Para él, nunca existieron periodistas de un bando o de otro. Era elegante, amable con todos. De gustos austeros, comía muy poco, su plato de siempre, una frugal tortilla a la francesa. Nada misógino, bautizó a la Tribuna de Prensa como el «gineceo», por la cantidad de mujeres entonces acreditadas. Adoraba a una mujer clave en su vida, su madre doña Herminia, a quien visitaba a menudo en el pueblo natal de Cebreros. De sus primeros viajes oficiales, inolvidable fue el realizado al País Vasco, en momentos de enorme tensión, junto al recordado «Chus» Viana.

La política, su gran pasión, le fue ingrata, y se marchó entre ataques despiadados. Solía comentar que los peores, los que más le dolieron, fueron de los suyos. La vida, le dio muy duro. Soportó con entereza la muerte de su mujer, Amparo, por la compañía de su hija Marian. Pero, ya sin ella, llegó el declive. En un discurso ante las Cortes citó unos versos de Antonio Machado. «Hombres de España, ni el pasado ha muerto, ni están el mañana ni el ayer escritos». Adolfo Suárez se va, y esa mirada suya, ya cerrada, sella toda una historia.