No podemos cerrar los ojos

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En esta colaboración habitual de los miércoles, en repetidas ocasiones, he tratado de expresar mi esperanza frente a preocupaciones que surgen de la delicada situación que estamos viviendo, donde a la crisis económica, que parece abarcarlo todo y ocuparlo todo, se unen otras crisis que, sin duda, aún son más profundas. Lo primero que, creo, corresponde hacer es un diagnóstico. Un diagnóstico acertado puede conducirnos al camino válido. Planteemos bien el diagnóstico.

Existe un innegable proyecto de gran alcance en valores culturales y, por tanto, ideológicos que puedan definir la identidad social, histórica de la España moderna por mucho tiempo, dejada una «primera», transición, considerada por algunos grupos influyentes como superada e insuficiente, y llamada a una nueva o segunda transición. Este proyecto no es nuevo ni exclusivo nuestro, sino que tiene pretensiones de alguna manera de universalidad, y está favorecido por poderes, no siempre identificables pero reales. El proyecto además de reclamar una nueva transición, en España, reclama también cambios sustanciales y subvertidores en la estructura social y cultural vigente en otros países, sobre todo del área latinoamericana. Con el proyecto se trata de impulsar o proseguir una revolución cultural, que últimamente se pretende radicalizar y acelerar particularmente en España. Pienso que no es privativo de España, aunque España sea utilizada como un escenario privilegiado e «influyente». Así, con pretensiones de una cierta universalidad, se potencia al mismo tiempo una inmediata y clara repercusión en Hispanoamérica.

El proyecto responde a una concepción ideológica basada en una ruptura antropológica radical y que, a mi entender, se asienta sobre algunos pilares básicos e interrelacionados: el relativismo moral, presentado, entre otras cosas, como «extensión de derechos», de nuevos derechos, e inseparable de una concepción del hombre como libertad omnímoda y de una ruptura con la tradición; el laicismo, que poco tiene que ver con una sana «laicidad» del Estado y de la sociedad; y la ideología de género, presentada como «igualdad y no discriminación» pero camuflando o ocultando la carga de profundidad y de destrucción humana que comporta. Se presenta, a su vez, como un proyecto de «modernización de España y de otros países». Usa ideas fuerza y terminología «talismán»: paz, modernidad, anticorrupción, extensión de derechos, laicidad... Es mucho más que un proyecto exclusivamente legislativo. Es también, social, político y cultural: cambios legislativos, cambios sociales, cambios culturales, cambios estructurales, nuevas «Constituciones», finalizar el sistema vigente. Trata de transformar la realidad social y cultural de España o de esos otros países, pero también su identidad. Cuenta con apoyo mediático y con una red de organizaciones afines y mimadas. Encuentra, se diga o no se diga, en la Iglesia Católica como referente y en la familia como transmisor de un poso de valores, sus principales obstáculos. Se trata, en síntesis, de un proyecto de transformación de una nueva sociedad con nuevas personas y nueva mentalidad que asuman con normalidad el laicismo, el relativismo y la ideología de género, como pilares; que implanten nuevas leyes «sociales», que expulsen a la Iglesia del espacio social; un proyecto no «local», sino universal); y con un nuevo orden.

Todo esto acontece en una situación muy concreta que coincide con una crisis económica como no conocíamos la inmensa mayoría de los que vivimos en esta sociedad nuestra. Esta crisis no está sola, por eso quizá entre nosotros aún sea más grave. Viene acompañada y ahondada por crisis del hombre, de valores y principios morales, y de debilitamiento de instituciones tan básicas y fundamentales como la familia, la escuela, la universidad y con una falta de recursos que todo ello conlleva. La crisis económica solapa y esconde otras crisis que además, en buena medida, constituyen causa y origen de aquella, de carácter económico, que claramente emerge en la superficie.

Cuando se vive por encima de las posibilidades de uno, cuando se gasta más de lo debido, cuando la ficción y la especulación se convierten en características intrínsecas del dinero o presiden nuestros comportamientos, cuando aparece y se acrecientan los casos de corrupción, cuando prima el tener por encima del ser y nunca parece que se tiene en todos los ámbitos de tu vida lo suficiente, se está no solo explicando lo más sustancial de esta crisis económica y financiera sino que se está describiendo una crisis de valores, una crisis de ser, una crisis de humanidad. Cuando los índices de natalidad son los que son en Europa y especialmente en España, cuando la familia se ha cuarteado de la manera que vemos por la desfiguración de su verdad, por las rupturas familiares y los divorcios exprés, cuando el derecho a la vida atraviesa entre nosotros un momento enormemente crítico y la defensa de la vida no nacida o en fases delicadas se encuentra tan amenazada, cuando se ha pedido el sentido de la eternidad y de Dios y se cuartea la esperanza, o, incluso, cuando el fenómeno de la inmigración no constituye una expresión de generosidad europea sino más bien de egoísmo, cuando huimos de las reglas de las obligaciones, el ahorro de las verdades, y buscamos la comodidad, el dinero fácil, volvemos a encontrarnos de bruces ante una auténtica crisis de valores y la caída en el relativismo. Todo esto favorece el proyecto al que me he referido en este artículo y ante todo lo no podemos cerrar los ojos: algunos los tienen cerrados.