Política

Otra vuelta de tuerca

La Razón
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Los escribidores de discursos políticos saben que lo importante hay que repetirlo tres veces, como hacía don Jacinto Benavente en su teatro: la primera para que te oigan, la segunda para que te escuchen y la tercera para que te entiendan. Hay que insistir por tercera y última vez que en este paréntesis de autismo en el que se ha dado mucho diálogo pero por el método Ollendorf el único que no ha hecho el ridículo es Mariano Rajoy, admitiendo que no tenía asistencias para gobernar, proponiendo un acuerdo nacional (Sánchez: «No, no y no. ¿Qué parte del no no entienden?») y no embarullando el griterío audiovisual al que hemos sido sometidos. Esta repetitividad será considerada como obsecuencia hacia La Moncloa, que sólo he visitado una vez con Suárez y muchas con Felipe, pero éstos son avatares de una democracia fuertemente partitocrática y en la que ha crecido la aborrecible dialéctica amigo-enemigo. Es un juicio de intenciones pero la biografía de estos meses permiten suponer que Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera sabían desde el primer minuto que habría que repetir las elecciones. Y digo más: lo deseaban. Como no pudieron hacer de Rajoy un don Tancredo en Cortes han empleado el tiempo en fortalecer sus liderazgos, cuestionados al menos en el PSOE y Podemos. No se han tomado la molestia de huir de las frases hechas y las consignas, o la deconstrucción del lenguaje político-periodístico, habiendo aportado patéticos papeles económicos que nos colmarán de bienestar. El cambio anunciado es pasar del centroderecha a un frente popular, y el progreso una mixtura de industrialización manchesteriana y tanteos bolcheviques. Aunque a corto plazo de lo que trata Sánchez es de superar a su maestro, Zapatero, elevar a la enésima potencia el pacto del Tinell y jibarizar la derecha nacional y democrática española. En una sentina digital se ha propuesto en estos días la ilegalización del PP. Iglesias quiere aglutinar a los comunistas, los socialdemócratas, los ácratas, los antisistema, los secesionistas y todo el lumpen que pueda abarcar para construir un populismo unificado bajo su jefatura de Gran Timonel. El gatuperio de unos y otros solo garantiza la progresiva debilidad de nuestra socialdemocracia. En «Otra vuelta de tuerca», Henry James angustia al lector con unos protagonistas que están muertos, pero no lo saben, como el histórico pacto PSOE-Ciudadanos, camino de Simancas para paleógrafos. Queda otra vuelta de tuerca, y distinguir los vivos de los difuntos.