Pero qué esperaba

De todo se vuelve menos del ridículo. La frase se le atribuye a varios personajes célebres, pero lo de menos es la autoría. Lo realmente importante es la gran verdad que encierran esas siete palabras que hoy, más que nunca, se le pueden atribuir al presidente de la Generalitat que vino a Madrid el pasado jueves para eso, para hacer el ridículo más espantoso. Hubiera sido mejor que no adelantara el regreso de su viaje oficial, lo que significa pagado con los impuestos de todos los españoles y no sólo de los que viven en Cataluña, a los EEUU donde su cansina letanía del derecho a decidir les debió sonar a chino. El señor Mas no vino a la proclamación del nuevo Rey sino a dar una rueda de prensa de pie en las cercanías del hotel Palace, auténtica sede de los señoritos de CiU en Madrid, y justificar en ella el no haber aplaudido el primer discurso oficial de Felipe VI. Menos mal que el honorable decidió venir por cortesía, exactamente lo que le faltó tras escuchar con cara de palo al Monarca quien sí fue perfectamente cortés al terminar su alocución en las tres lenguas cooficiales del Estado. Según dijo ante los periodistas no aplaudió porque no escuchó de boca de Don Felipe nada nuevo sobre sus pretensiones soberanistas. Pero qué esperaba el que se perfila cada día más como el enterrador de la coalición otrora nacionalista moderada, con sentido de Estado y profundo respeto al ordenamiento constitucional. La Corona es, precisamente, la garante de la unidad de España que, como dijo el Rey, no es lo mismo que uniformidad. Es don Artur Mas y los suyos los que quieren una Cataluña uniforme de la escuela al tanatorio sin excepciones. Si hay que ir, como dice el gran José Mota, se va, pero ir pa ná es tontería. Así que mejor se había quedado el muy honorable en donde quiera que estuviese antes de venir a la Villa y Corte para, una vez más, quedar en ridículo.