Política de pizzería

La Razón
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Andan por ahí algunos políticos interpretando que el damero en el que se han convertido los principales ayuntamientos y las comunidades autónomas es fruto de la voluntad de los votantes que están como locos por obligar a los partidos a pactar. No es cierto. Cada voto depositado en las urnas se emitió con el deseo y la esperanza de que esa y sólo esa fuese la lista más votada. Ni siquiera los abstencionistas, muchos de los cuales sí es posible que se quedaran en casa para no contribuir a consolidar a quienes les han desilusionado, son mayoría, así que lo de pactar, acordar y hacer pandi es cosa de políticos y solo de ellos.

Otra cosa es que el resultado obligue a aunar esfuerzos. La cuestión es saber para qué. No es lo mismo tener como objetivo conseguir apoyos o apoyar para que se pongan en marcha políticas en las que uno cree, que tener como única aspiración la de pasar como un bulldozer por encima del contrario aunque para ello haya que vender primogenituras y principios a precio de lentejas.

Últimamente se escucha demasiado la palabra desalojar como si quienes hasta ahora han estado al frente de gobiernos y corporaciones municipales las hubieran tomado al asalto y no porque los ciudadanos así lo decidieran en su momento. El rencor como argumento no sirve para apuntalar una legislatura sólida y por eso sería muy de agradecer que los pactos que se consoliden se hagan sobre bases que vayan más allá de las tirrias personales, que es en lo que parece que algunos andan instalados. Los ciudadanos esperamos de quienes intentan establecer alianzas que aspiren a algo más que a posar pisando la cabeza del rival abatido. Lo de que el secreto está en la masa es estupendo como slogan para una marca de pizzas, pero deja mucho que desear como punto único de cualquier argumentario.