Historia

¿Qué hacemos con la «seño»?

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Se debatía un proyecto de Ley de educación en los tramos finales del reinado de Alfonso XIII. Un parlamentario lo deploraba, y finalizó su herida intervención con una reflexión y una pregunta. –Si aprobamos tan injusta ley, ¿qué haremos con nuestros hijos?–. De la bancada adversaria surgió una voz potente y seca. –¡Por su hijo no se preocupe, que ya lo hemos hecho subsecretario!–. Mi pregunta, después de más de ocho decenios, cambia a los hijos por la «seño». ¿Qué hacemos con la «seño»?.

Puede parecer elitista, y lo es. Como miembro de una familia bien venida a menos me sobra el derecho de añorar las cenizas del esplendor. Lo reconocía con admirable humildad el hijo de un marqués confuso precipitadamente arruinado. –El problema no es que yo sea de una familia bien venida a menos. El problema es que he sabido que soy de una familia mal ida a peor–. Vuelvo al elitismo.

En el malecón de Ondarreta, a media tarde,–en mis años infantiles la gente bien no era de playa vespertina, por considerarla una ordinariez muy mediterránea–, se establecían dos grupos sociales perfectamente definidos. El bien y el mal. El bien lo componían los niños tutelados por «fraüleins» o «swesters» alemanas, «nannys» inglesas o «mademoiselles» – también «madmuas–, francesas. Y el mal, los niños que eran vigilados por «seños» españolas. También se establecía una diferencia que llegó a convertirse en un problema social. Los bien merendaban con tabletas de chocolate «Suchard» o «Nestlé», y los mal, con «Valor» o «Elgorriaga». Muchos niños de la burguesía madrileña y vasca no superaron esa injusticia social y terminaron en el comunismo o en la ETA por resentimientos chocolateros.

Las «seños» eran casi todas, iguales, dibujadas por el mismo pintor. Falda plisada con rodillas ocultas, blusa clara, jersey abierto atado a la cintura y un bolso. Un bolso de gran tamaño que llevaban con soltura y lo depositaban a su derecha cuando se sentaban en un banco para disfrutar desde la comodidad de los tortazos que se pegaban los niños ajenos con sus bicicletas. A partir del parterre sito a la altura de la curva del trolebús de Igueldo hasta el monumento a la Reina Cristina, los niños con «seño». Y desde la Reina Cristina al malecón del Tenis, los niños con institutrices extranjeras. Es decir, que quien esto escribe –mis tuteladoras fueron casi siempre «fraüleins» alemanas–, conoce desde niño a Carmen Forcadell, que era la «seño» por definición. Se juntaban en el primer tramo de los jardines todas las tardes al menos veinte forcadells con tabletas de «Elgorriaga». De ahí mi sorpresa cuando la vi por primera vez presidiendo el Parlamento de Cataluña: –Qué bien se conserva la «seño» de los Bermúdez–.

Su aspecto de «seño» me trae limpias memorias de niño. Ante las desobediencias, las alemanas nos propinaban algún azote, las inglesas intentaban convencer con buenas palabras a los díscolos, las francesas no se enteraban de nada porque estaban ligando con los bañeros de la playa, y las «seños» españolas gritaban con agudas voces: «¡A tu madre vas, por desobediente!». Muchas veces se lo he oído gritar a Carmen Forcadell en la rotonda de la Reina Cristina, frontera del bien y del mal.

La «seño», por no dormir otra noche en la cárcel, prometió al juez Pablo Llarena, acatar el 155 y renunciar a la vía unilateral. El juez, bondadoso en extremo, confió en su sinceridad y permitió su libertad bajo fianza de 150.000 euros. Pasadas pocas semanas, la «seño» ha olvidado sus promesas y anunciado que el advenimiento de la «República de Cataluña» es imparable. Se abraza mucho con una colega, también «seño», Marta Rovira, otra que tal baila. La «seño» está pues, burlándose del juez y de la Justicia. Permanece en la vía unilateral de independencia, y es burla grave la que protagoniza. De ahí mi pregunta. ¿Qué hacemos con la «seño»? Si estuviéramos en otro Estado de Derecho la respuesta sería muy sencilla. «Citarla en el Supremo y ordenar su ingreso en prisión sin condiciones».

En España, la Justicia es muy bondadosa con quienes desean romperla. Al menos, que pase otra noche en la cárcel para que se calme un poquito. Con una segunda noche en chirona, esta «seño» se hace constitucionalista.