Quince años

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Hace quince años el colapso de las Torres Gemelas producía estupor e incredulidad. Visionadas hoy aquellas imágenes emerge a la boca del estómago el más puro horror y la voluntad de combatir el terrorismo que se ha puesto en guerra contra la civilización occidental. El presidente Bush jr recibió la noticia en la escuela de un estado por el que giraba, y su expresión alelada presagiaba la peor de las respuestas: la del garrotazo indiscriminado. Aún no cumplidas las 24 horas del holocausto neoyorkino, un agente de la CIA se lanzó de noche en paracaídas al norte de Kabul, con un millón de dólares y la orden de conectar con Massud, caudillo de la Alianza del Norte, traficantes de opio y enemigos acérrimos de los pastunes. Ya se sabe que no todos los talibanes son pastunes, pero todos los pastunes son talibanes. Al tiempo los «Tomawak» llovieron sobre el sur del país. Bin Laden demostró que todo lo que puede hacerse se hace, pero no dejaba de ser un niño bien y pretencioso ante los desharrapados pastunes. El jefe religioso y político de los talibanes era el Mulá Omar, el tuerto, quien tras haber salido de una cruentísima guerra con Rusia lo último en que pensaba era en un choque contra Estados Unidos. Omar se enteró de lo de NY por la radio y mantuvo una violenta discusión de ruptura con Bin Laden. A quien había que entregar el millón de dólares era a Omar y haber cazado al otro donde siempre estuvo: en Pakistán. La fotografía del Mulá, solo, en moto, escapando de Kabul, es la imagen de una oportunidad perdida. Continúa la guerra tras 15 años y cuando se retiren las tropas internacionales los pastunes-talibanes tomarán la capital.

La «operación libertad duradera», pergeñada por Bush jr. y el cabeza cuadrada de Donald Ransfield, ya hemos visto lo que ha dado de sí, desde las armas de destrucción masiva al nacimiento entre Siria e Irak de un ominoso califato. En los dos teatros de operaciones la primera potencia militar mundial ha cometido más errores (sobre todo en inteligencia) que en Vietnam. Para Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero nunca se abandona la política. Y para Sun Tzu, el fin de la guerra no consiste en eliminar físicamente al adversario, sino en arrebatarle su voluntad de seguir luchando. Las Torres Gemelas contaminaron muchos despachos en Washington.