Reparto de culpas

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Recuerdo que un día, con la Constitución en el telar, le mostré al rey Juan Carlos en su despacho de La Zarzuela mi preocupación por la España autonómica que se preparaba y él trató de tranquilizarme. “No te preocupes -me dijo-, lo que se va a hacer es una simple descentralización administrativa, una especie de mancomunidad de Diputaciones, y no hay más remedio que dar una cierta autonomía a Cataluña, al País Vasco y quizás a Galicia”. Esos eran los planes, pero pronto aquellos planes quedaron desbordados por las ambiciones de unos y de otros.

No es tiempo de repartir culpas y menos de echarle la culpa a Rajoy de lo que pasa en Cataluña. Ese es el recurso de los necios. Los verdaderos culpables son los independentistas, que se saltan la ley a la torera, desprecian a la oposición y pretenden cargarse la Constitución y el Estatuto por su cuenta, poniendo en peligro la convivencia democrática y la armonía social. Si acaso, en este momento decisivo, habrá que extender la censura pública a los que siguen jugando a la equidistancia entre Rajoy y Puigdemont y, sobre todo, a los que ayudan a los golpistas con su equivocada e interesada defensa del “derecho a decidir” y la parcelación de la soberanía nacional. Los “podemitas” de Iglesias y los “comuneros” de Colau se han convertido en colaboradores necesarios del desaguisado soberanista. Parece claro que, con esta actuación errática, incluso para muchos de sus votantes -la última ocurrencia es una asamblea “venezolana” paralela-, el objetivo de los dirigentes de Podemos es coherente. Lo que pretenden, lo mismo que la CUP, es utilizar la rebelión de Cataluña para liquidar el “régimen del 78” y acabar con la Monarquía parlamentaria. Son antisistema. Y, de paso, buscarse socios para echar al PP del Gobierno, que es el principal obstáculo a sus planes revolucionarios para la conquista del poder, que es de lo que se trata. No es extraño que cada vez más gente vea a Podemos como un partido desnortado y en descomposición.

Llegados a este punto, la actuación del Gobierno para hacer frente a la grave crisis catalana cuenta con el respaldo del PSOE y de Ciudadanos, y se considera, en general, una actuación justa, eficaz y proporcionada. Puede que demasiado tardía y contenida. Hasta ahora Rajoy, tan injustamente vituperado a veces, ha salido airoso de todas las pruebas. Veremos lo que ocurre con ésta. Por lo pronto, el Partido Popular aparece hoy como la fuerza más consistente y fiable para mantener la unidad de España y hacer frente al desafío disgregador. Sobran los reproches estereotipados. La cadena de errores que han conducido a esta situación viene de lejos. He aquí algunos: La división, en la Constitución, del territorio en “nacionalidades” y regiones, una concesión de Suárez a Roca y Pujol en un almuerzo en La Moncloa, es posiblemente el germen del conflicto. El empeño de Clavero Arévalo y del PSOE andaluz en que Andalucía no fuera menos “nacionalidad” que Cataluña rompió la baraja aquel “histórico” 28 de febrero bajo la bandera de Blas Infante. Desde entonces los socialistas no se han apeado allí del poder. La reforma del Estatuto catalán plagada de inconstitucionalidad, promovida por Maragall, impulsada por el tripartito y bendecida por Zapatero, con la desaforada campaña en contra por parte del PP y el dictamen final del Tribunal Constitucional, ha dado pie a las presentes convulsiones. Toda una cadena de despropósitos. Pero no hay que darle vueltas: la culpa de verdad la tienen los secesionistas, que vienen trabajando desde antiguo por la causa en las escuelas y en los medios. Y, por supuesto, sus insensatos cómplices de toda índole.