«Selfie» de una muerte anunciada

«El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana...». Así empieza «Crónica de una muerte anunciada», del recién desaparecido García Márquez. Desde la primera línea se advierte del final: todo el mundo sabía que los hermanos Pedro y Pablo Vicario iban a asesinar a Nasar para limpiar el honor familia; y lo hicieron, después de varios intentos, delante de todo el pueblo y en la puerta de la casa de su víctima, que se enteró de su final sólo unos minutos antes. Pero nadie aportó ni una sola razón para que el joven Santiago Nasar mereciese la muerte. Todo el mundo miró hacia otro lado y sólo el juez anotó en el sumario: «Dadme un prejuicio y moveré el mundo». León, lunes 12 de mayo, a las 17.15. Asesinan de tres disparos a Isabel Carrasco y muchos dicen en silencio (se puede), mirando hacia otro lado o escondidos en el anonimato tener razones para apretar el gatillo. El motivo es político, que en sí no es ningún móvil, lo único que necesita saber la Policía y la Justicia. La política es una coartada. Nadie mata por razones políticas si no está incubado el odio, el desprecio o la venganza. Desconozco qué denota ser una sociedad hiperpolitizada como la nuestra, que a cada suceso aplica la razón de haber limpiado una injusticia, pero posiblemente, como en todas las exageraciones, se oculta una carencia o una atrofia: falta política y sobra politización. Tiene nuestro periodismo literario su «A sangre fría», pero si Capote para narrar el asesinato de la familia Clutter no necesitó culpar al pueblo de Holcomb, Kansas, ni al programa espacial emprendido por Eisenhower, ni a la Guerra Fría de Kennedy (breve mandato en el que escribió la novela), dudo que en nuestras coordenadas anímicas pueda la víctima salir indemne de, como diría el juez, los prejuicios innombrables, y de aquel que dice, aún con la sangre caliente: algo habrá hecho.