Sergio Ramos

La Razón
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Siempre he dicho que el fútbol es una gran escuela de la vida y lo seguiré diciendo. Continuamente se imparten lecciones, algunas difundidas a millones de personas a través de los medios de comunicación, otras las reciben unos pocos chavales en «aulas» más modestas, en un descampado de cualquier lugar del mundo. Solidaridad, compañerismo y sacrificio son valores, entre otros, que se inculcan a los niños que juegan al fútbol y a los que lo hacen en otros deportes de equipo.

El refranero está lleno de frases similares a la bíblica «mientras hay vida hay esperanza», y diariamente valoramos la constancia, la confianza en nosotros mismos y el esfuerzo hasta alcanzar nuestras metas, porque estamos convencidos de que debemos luchar para cambiar las cosas, mejorándolas. En ámbitos tan importantes como la salud, estos principios son imprescindibles para motivar a tantos enfermos que no tienen fuerzas ni ánimo para salir adelante.

Son muchas las personas que en la vida se esfuerzan para lograr lo que quieren, sin rendirse en ningún momento; en el fútbol, Sergio Ramos es uno de los que mejor representan ese espíritu de pelear hasta el último segundo, de saber que, hasta que el árbitro no pite el final del partido, es posible cambiar el resultado si crees en ti y en tu equipo. Ramos es un buen ejemplo a seguir, consigue el triunfo al límite porque no ceja en el empeño y no lo ha hecho una vez, son ya muchas en las que lo ha logrado, dando alegrías a su equipo y a sus seguidores. Pero hay otras circunstancias que merecen destacarse y que ocurren también fuera del deporte, especialmente en la política.

En el fútbol, como en la vida, cuando las cosas van mal y no salen como quieres hay que sobreponerse, animarse, estar más unidos, apoyarse y ser más que nunca un equipo, aunque en muchas ocasiones unos cuantos pierden muy pronto la paciencia y, lo que es peor, la memoria, increpando a los jugadores de su equipo. En esas situaciones donde algunos se vienen abajo, otros como Sergio Ramos –que las está sufriendo con demasiada frecuencia– se crecen, y a pesar de los silbidos son capaces de lo mejor. Hace unos meses, Ramos les decía a los que no le perdonan un fallo: «Los que me rajan se callarán». Y lo más curioso es que, como en la política, los que más les increpan y critican en los malos momentos son los que más les elogian y abrazan en los triunfos. Seguro que nos viene a la memoria algún político que ha vivido los silbidos –«después de este resultado sería mejor que se echara a un lado porque si no va a empeorar en las próximas»–, y los elogios de los mismos –«enhorabuena presidente, se ha subido tanto por ser tú el candidato»–.

Como lamentablemente ocurrió con el extraordinario Iker Casillas, y ojalá me equivoque, volverán a ser injustos con Sergio Ramos, pero no conseguirán pararle, y sobre el minuto 90 saltará por encima de tanta ingratitud para rematar de cabeza con toda su alma.