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Tallaficción

Cuando mi hijo mayor cumplió 17 años encargamos un armario a medida. El carpintero estaba diseñando un zapatero y se molestó porque yo insistía en el gran tamaño de los pies del chico. Como no me creía, pedí a Felipe que le mostrase una de sus «botitas», un artefacto del 47 que lo dejó mudo y obligó a cambiar los planos de las cajoneras. Tengo dos chavales de metro noventa y cinco y una niña de metro ochenta y tres y, como muchos de mis conocidos, no comprendo cómo la industria no se da cuenta del nicho de mercado que está perdiendo con tallas para liliputienses. Mis hijos tienen que optar por El Corte Inglés –el único comercio que siempre ha comprendido que los españoles eran más altos y grandes de lo que se decía- o la compra on line. Pero la historia es antigua, no se refiere sólo a las nuevas generaciones. Yo he pasado los «kyries» por tener un 40 de pie –el actual 41– y jamás encontraba medias para señora de metro setenta y cinco. Los jerseys para mi padre no podían comprarse en tiendas de calle y comprar pantalones era una desgracia, salvo que te resignases al modelo pitillo, con tobillos al aire.

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La verdad, me alegro del informe que señala que las tallas de caballero no corresponden a los patrones reales. Siempre he dicho que si los varones hubiesen parido, la anestesia epidural tendría una antigüedad mucho mayor. Las cosas que afectan en exclusiva a la mujer tardan en resolverse socialmente, porque los hombres no piensan en ellas. No hay mayor tormento para el pecho femenino que el cinturón de seguridad, esa cosa que obliga a elegir entre aplastamiento o ahorcamiento.

Puesto que los hombres han engordado y crecido, tal vez la industria revise la relación entre las tallas disponibles y el tamaño de los españoles. Sin duda será un placer.