Tarareo masivo en Hong Kong

El torneo de rugby «seven» de Hong Kong reúne en la antigua colonia inglesa, el primer fin de semana de cada primavera, a las 24 mejores selecciones del mundo, entre las que últimamente se ha colado la española. Se trata de un evento más lúdico que competitivo, en el que los 50.000 ebrios que abarrotan las gradas del viernes al domingo van disfrazados. Con camisa hawaiana y peluca de juez dieciochesco nos plantamos allí en 2011 cuatro amigos, quizá los únicos españoles presentes en el estadio. Pues fue marcar un ensayo Carlos Blanco en el primer partido y toda la concurrencia irrumpió en el tarareo de la canción «Y viva España», que atronaba por megafonía cada vez (escasas, para qué engañarse) que los chicos de rojo lograban anotar. Muy pocos por no decir ninguno de aquellos improvisados cantantes, en su gran mayoría anglosajones o chinos, habrían oído nombrar a Manolo Escobar, el genio almeriense y catalán al que debemos este himno nacional oficioso. Ésa es precisamente la marca de una gran obra: que trasciende por encima de su autor hasta convertirse en un fenómeno universal. ¿Alguien, aparte de los lectores de Stefan Zweig, conoce al autor de La Marsellesa? ¿Cómo se llamaba el arquitecto que levantó la Estatua de la Libertad? ¿Quién diseñó la Union Jack? No importa que fuese la traducción apresurada de un pasodoble compuesto por dos belgas (Leo Caerts y Leo Rozenstraten) con la letra original en flamenco. La canción adquirió el astronómico valor que sólo alcanzan los símbolos y eso se lo debemos a Manuel García Escobar: en otro país, daría nombre a más de una cátedra universitaria.