Testigo presidente

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Hoy declara el presidente Rajoy como testigo en la Audiencia Nacional. No va como acusado. Nadie en el tribunal le acusa de nada. Es llamado a aclarar las cosas en torno a este caso de corrupción que afectó de lleno a su partido y que ha sido explotado por la oposición y los medios de comunicación con verdadera fruición e inquina. Hoy habrá alboroto de cámaras y micrófonos en la puerta de la Audiencia. Lo que importa es la foto. Interesan mucho menos las aclaraciones del testigo. Ni siquiera el hecho de que fuera él, nada más llegar a la dirección del PP, el que señalara la puerta a Correa, el cabecilla que da nombre a este lamentable caso. Habrá más interés en explorar y explotar sus silencios. Los que desde la izquierda pretenden echar a Rajoy de La Moncloa y, si pueden, acabar con el Partido Popular, ven en esta comparecencia la razón simbólica y la ocasión pintiparada para desacreditarle y salirse con la suya más pronto que tarde. En este tiempo de política-espectáculo, estamos, con tanta exposición mediática, ante una obscena utilización política de la Justicia.

Es justamente de lo que huye este político liberal y tranquilo, que pintan de don Tancredo y que acostumbra a ganar todos los pulsos. Seguramente también ganará éste. Por si alguien busca razones extrañas en este comentario más bien favorable a Mariano Rajoy un día como hoy, a contrapelo de lo que se lleva, tengo que advertir que personalmente no le debo nada ni espero nada de él; nunca he tomado un café con él y tengo dudas de que alguna vez nos hayamos saludado. Puede que ni me conozca. Tampoco he recibido, por supuesto, consignas ni sugerencias de nadie. Nunca las admitiría. En contra de la corriente de opinión dominante, a mí, que siempre he sido una persona de centro, «suarista» si se quiere, me parece un buen político, muy por encima del resto de políticos de la oposición y mucho más fiable y competente. Le ha tocado una etapa convulsa de España y ha sabido salir adelante. Bajo su mandado se ha hecho frente con notable éxito a una de las peores crisis económicas, se ha realizado el relevo en la Jefatura del Estado con la abdicación del histórico Rey Juan Carlos en su hijo Felipe VI con normalidad, oportunidad y acierto evidentes, se ha rendido ETA y ha bajado la pulsión independentista en el País Vasco. Además, este hombre ha superado sin hacer ruido todas las asechanzas tendidas contra él dentro de su partido y fuera –que han sido muchas y peligrosas– y lleva tiempo logrando el apoyo mayoritario del electorado.

Quedan dos importantes cabos sueltos: el problema de Cataluña y la corrupción. En el caso catalán unos le acusan de falta de diálogo y de no ofrecer soluciones políticas, y otros de falta de contundencia para acabar de una vez con la secesión. Los más críticos son los soberanistas por el acoso judicial a que son sometidos sin provocar alboroto. Pero no les van a la zaga los socialistas, especialmente el PSC, que no reconocen que el partido de Maragall, Montilla y Zapatero tiene mucho que callar. Sin sus torpezas no se habría llegado a esto. Habrá que esperar a ver qué pasa el 1-O; pero hay abundantes indicios ya de que Mariano Rajoy, con prudencia y sin concesiones, está ganando la partida a Junqueras, Puigdemont y compañía, mientras baja el porcentaje de independentistas en Cataluña. Y en cuanto al gran argumento opositor, que pretenden convertir en una «Causa General» contra el Partido Popular, hay que reconocer, sin quitarle gravedad y sin ocultar algunos fallos de procedimiento, que en todas partes cuecen habas y que nunca, en cuarenta años de democracia, se ha perseguido tanto la corrupción, especialmente dentro del partido gubernamental, como con el presidente Rajoy en La Moncloa. Hoy será testigo de ello en la Audiencia Nacional.