Top muerte

La Razón
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No tener trabajo es duro. Si, además, se es inmigrante, el tema se recrudece. No pretendo disculpar a los vendedores de «top manta», pero sí entender que, cuando cunde el hambre y la ausencia de salidas, las personas nos fabricamos puentes de solución alternativa. En esa ausencia de fortuna abunda, casi de forma irónica, la incertidumbre, la soledad, el no saber a qué destino conducirá el camino si es que llevará a alguno. Cuando uno se siente desvalido, y las oportunidades escasean, es lógico usar la figura del chivo expiatorio cuando la fatalidad se presenta sin avisar. La Policía, en este caso, los Mossos, deben hacer su trabajo, y quiero creer que lo hacen bien –hasta que alguien demuestre lo contrario. Ergo, por esa necesidad de hacer catarsis ante la desgracia, se crea un «culpable» al que endosarle la responsabilidad de haber creado innecesariamente más infortunio. Cuando a la muerte la precede la pobreza, y la arropa el desarraigo social y un país de origen situado en el límite del «más allá», el ser humano se siente humillado por tanto vapuleo de desdicha, y grita su desconformidad macerada al abrigo del ser un paria en país ajeno. No justifico su proceder, tan solo trato de hacerlo ver desde la perspectiva de alguien que siente que Dios le ha olvidado. En cuanto al «top manta», este no es un invento reciente: la primera vez que visité New York (hará unos treinta años), proliferaban los puestos –presumo que legales -, que vendían relojes de imitación, bolsos de falsa marca, perfumes... No vi a ningún policía perseguirlos. Lo mismo me sucedió en Milán (Italia), años después. Las imitaciones son inevitables, es más, la gente que las compra es bastante probable que nunca compre un «original». Si con esa compra, esas personas pueden comer, mejor eso que no que se dediquen a robar para poder subsistir. Asumo que el que dicta las normas del mercado estará en desacuerdo conmigo. Más allá del «top manta», ninguna muerte es deseable y siempre es lamentable.