Tragedia familiar

La Razón
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No estoy de acuerdo con el proceder político de mis tíos Nico y Cilia. En el trato personal son encantadores y en el caso del tío Nico, muy culto y bien educado. La tía Cilia es más ordinaria, dice «voy al váter» y todas esas cosas. Mi pariente es el tío Nicolás, aunque hace decenios que no nos felicitamos la Navidad. Mi tío bisabuelo paterno, Pello Mari Ussía Salazar-Arregui, ingeniero industrial, emigró a Venezuela en los años veinte del pasado siglo. Casó con Melisa Maduro, prima hermana del papá de Nicolás, con la que tuvo un hijo, Lorenzo, que falleció en la finca que mis tíos se compraron en las cercanías de Canaima. Según me han contado, Lorencito era muy caprichoso y una tarde calurosa decidió bañarse en las aguas del Caroní, un gran río que se mueve por allá. La tía Melissa –Tía Meli para la familia–, se opuso tajantemente, pero el tío Pello Mari le permitió el chapuzón. Porque su baño se sintetizó en un simple chapuzón. Se lanzó de cabeza al Caroní con tan mala suerte que se topó con el único caimán que buscaba comida por ahí, y el caimán, sin culpa por su parte, se encontró con Lorencito y no tuvo más remedio que comérselo. Fueron días tristísimos. El tío Pello Mari regresó a Llodio, y la tía Meli Maduro consoló su tristeza adoptando a un niño que había nacido en Colombia al que registró con su apellido. Cuando el niño creció, y lo hizo sin medida, se dedicó a conducir camiones gracias a su fortaleza, se hizo amigo de un militar golpista al que le salió bien el golpe –como a Erdogan–, y se enamoró locamente de Cilia Flores. El amor no dio frutos, pero el tío Nico y la tía Cilia adoptaron a los sobrinos de ella, Efraín Campos Flores –«Efri» familiarmente apodado–, y Francisco –Pacorro–, Flores de Freitas, a los que quisieron de verdad, como es debido.

Cuando falleció el militar golpista, el tío Nicolás heredó la presidencia de Venezuela, y cambió de carácter. Lo mismo le sucedió a la tía Cilia. Los niños –mis lejanos primos–, crecieron en la abundancia, pero aquella abundancia no les satisfacía. Ellos sabían que el tío Nicolás y la tía Cilia, unidos a un número de generales, ganaban mucho más dinero que ellos. Y sabían también que una parte de ese dinero, que era muchísimo, se lo mandaban a unos chicos españoles, Jorge, Pablo, Juan Carlos, Íñigo, que no se lo trabajaban. En un alarde de celos mal reprimidos, Efra y Pacorro, le plantearon sus objetivos a tío Nicolás y tía Cilia. –Queremos entrar en vuestro negociete–. Y entraron. En muy poco tiempo, aquello fue Jauja. Llegaba el dinero en sacos. Ellos llevaban cocaína a Miami, y en lugar de recibir la gratitud de los colgados de Miami, los detuvieron con 800 kilogramos de esa sustancia en polvo. Mis tíos les permitieron entrar en el negocio, pero encomendándoles la tarea más arriesgada. En Venezuela no tenían problemas. Pasaban los paquetes de cocaína hacia los aviones con plena tranquilidad. Los policías de aduana tenían orden de tío Nico, tía Cilia y el general Diosdado Cabello de no molestar a los chicos ni registrar sus equipajes. Pero en Honduras y Colombia hubo gente que habló demasiado, y los americanos les trincaron. Vamos a ver. Tampoco es para tanto. Si los muchachos sabían que las hijas del difunto tienen en Andorra, Liechtenstein, Mónaco y Suiza un dineral que no se puede contar por decenas de millones de euros con los dedos de una mano; si los muchachos sabían que el tío Nicolas y la tía Cilia se estaban forrando con esa blanquita sustancia y no eran excesivamente generosos con ellos, es humano y comprensible que intentaran –como lo hicieron–, mejorar su penosa situación. Entre Efri y Pacorro no sumaban más de cien mil dólares a final de mes, y lógicamente no querían terminar, como el 85% de los venezolanos, haciendo cola para comprar papel higiénico y una lata caducada de atún. Tan caducada, que por caducar, caducó también el atún. Y el tío Nico siguió mandando dinero a los chicos españoles, gesto que irritó con razón sobrada a mis primos políticos.

El ex presidente de Colombia, Uribe, ha señalado a mi tío Nicolás y a la tía Cilia como los mayores narcotraficantes de la zona. Y los niños acaban de confesar y reconocer en Nueva York su culpa. Se enfrentan a una pena de prisión de 30 años, que en los Estados Unidos son 30 años, y no como en España, que te condenan a 2.600 años por asesinar a inocentes y a los tres años te sueltan si tienes la tensión alta y coincides en el Juzgado con Manuela Carmena. En fin, que estoy triste porque no es agradable intuir el sufrimiento de unos familiares, que si bien no son de trato fluido, tienen su corazón y sus problemas. Ánimo tío Nicolás. Un beso, tía Cilia.