Tragedia y miseria

Durante las primeras 48 horas, la tragedia de Alcalá de Guadaíra estuvo predestinada a detonar ese estallido social que desde hace meses preconiza (también precocina) la izquierda populista contra el Gobierno. Si la chispa no llegó a saltar al hilo de la noticia fue porque ocurrió donde no se esperaba: en una localidad socialista de una autonomía socialista. De haber sucedido en Madrid o en Valencia, el error médico de un diagnóstico negligente habría sido atribuido de inmediato a la «privatización» de la Sanidad y a los recortes de la derecha. La movilización habría sido fulminante al grito, que ya se incuba bajo el pasamontañas, de «Rajoy asesino». La descripción del drama que corrió como la pólvora por las redes sociales no la habría mejorado Dickens y ofrecía todos los ingredientes necesarios para desatar la ira de las masas: honrada familia trabajadora arrojada a la miseria por el paro, «okupa» en su propia casa por culpa de una banca insaciable, obligada a subsistir recogiendo cartones y sin más alimentos que los proporcionados por la caridad con la fecha caducada... Una anti- historia navideña para ilustrar a las buenas conciencias sobre los horrores del desalmado neoliberalismo gobernante. Hubo quien se apresuró a comprarla rápidamente, no fuera a caducarse. Pero, en fin, la perplejidad de que hubiera sucedido en el predio de Valderas y Cayo Lara, en vez de en Madrid, paralizó a la izquierda el tiempo suficiente para que la historia real se abriera paso: un desgraciado accidente que nada tiene que ver con el relato tenebrista inicial, tan del gusto de esos populistas con hemiplejia moral que juzgan los hechos según les convengan ideológicamente. A su familia nada podrá consolarla de la muerte de tres de sus miembros, pero sí merece el respeto de que, a su dolor, no se añada miseria política.