Tres noches quemando basura

Estos días de neocomunismo, quien hace furor en los salones mundanos, de París a Nueva York, es Thomas Piketty, un economista francés que incluso algunos han definido en la entradilla como «el Marx del siglo XXI». Viene a decir que, por más crecimiento, éste nunca ha influido en la redistribución de la riqueza, al contrario, cada vez está en menos manos y acabará por destruir el principio ético del sistema: la meritocracia, la ley del trabajo. Mientras llega, ¿qué hacemos con los que se quedaron atrapados en el siglo XX, cambalache? Porque te puedes pasar tres meses en la puerta de la empresa sin cobrar para que no echen la persiana (porque alguien tendrá que seguir fabricando la bollería industrial, ¿o es que nos hemos vuelto todos gastroecologistas?) y que nadie te haga caso y morirte de asco como una antigualla, una esquirla perdida de los años de acero, mientras en tres noches quemando contenedores de basura el Estado acepta que esos jóvenes vestidos como Lisbeth Salander son el futuro, algo que los viejos no acaban de entender porque la decencia era una virtud de los trabajadores. Una mala conciencia irrumpe en la política porque deben ver en esos encapuchados a sus propios hijos a los que acaban de propinar un inofensivo cachete, no sea que les duela, mientras en la puerta de la fábrica sólo quedan los desguaces y la chatarra. Y ya se sabe lo que le espera a la chatarra. Ha triunfado el conocimiento tecnológico (no hay nada que más humille a un antidisturbio que le hagan fotos con una tableta que vale más que su salario) frente a la fuerza del trabajo, si lo quieren decir como antes se decía. Dejadme que sea yo quien apague la luz, pidió Vázquez Montalbán cuando confirmó que el comunismo había muerto. Algo de luz habrá que dejar antes de desalojar el siglo XX, cambalache.