Tumba sin flores

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En «Niebla», Miguel de Unamuno escribió que hay lágrimas que refrescan y desahogan, y lágrimas que encienden y sofocan más. Viendo a los padres de Diana Quer y de Mari Luz, uno comprueba que también existen lágrimas secas, las que están pero ya no tienen cuerpo para salir. Las mismas lágrimas petrificadas de otros padres como los de Jeremy Vargas, las niñas de Alcasser, Sandra Palo, la madre de José y Ruth, y de tantos progenitores cuyos nombres desconocemos. Familias anónimas que viven la pérdida sin luces, sin prensa, en la sombra, pero sufriendo lo mismo que los nombres que habitan la memoria colectiva. En la sombra el duelo hiere igual, sino más, porque el consuelo social reconforta. Cuando estos padres levantan la voz y abren debates, no lo hacen por venganza, ni buscando un protagonismo que desearían no tener. Lo hacen para dar voz a esos padres con pérdidas y a quienes las tendrán. Es lo mismo que sucede con las tumbas sin flores. Cuando uno acude a un cementerio para depositar flores sobre la tumba de un ser querido y encuentra otra sin ellas, no puede evitar compartirlas para llenar ese vacío. Por conciencia, por solidaridad, o por miedo a verse algún día en la misma situación. Esas flores sin tumba son como las voces sin voz de los padres anónimos que están, pero no vemos. Una fraternidad gregaria que nadie debería silenciar ni menospreciar.