Un mes del 155

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Hoy se cumple un mes de la proclamación de la república catalana y de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. La intervención del Gobierno de la Generalitat fue una decisión profundamente eficaz y ejemplificadora; y las desgracias que muchos auguraban se diluyeron en apenas unos días. Una sorpresa para casi todos. Nada quedó de aquella inmensa mentira alimentada durante meses. Hasta los propios que la habían tejido aseguraban ahora que todo era un montaje, una declaración de «carácter simbólico» y acataban «explícitamente» la aplicación del 155.

Pero las cosas estaban pensadas de otra manera, en lo que muchos llamaban choque de trenes: un gobierno en minoría parlamentaria; una comunidad autónoma con las más altas cotas de autogobierno; unas instituciones catalanas echadas al monte en virtud de su mayoría en el Parlament; una opinión pública favorable gracias al control de los medios y de la educación... Todo hacía pensar que la aplicación de la Constitución era inviable. No había más que ver por dónde se pasaban las autoridades catalanas cada una de las sentencias del TC. No eran los únicos.

Muchos periodistas y opinadores, a pesar de su experiencia, repetían, una y otra vez, que aplicar aquel artículo iba a llenar de violencia las calles de Barcelona. En su argumentario recordaban las cargas policiales –magnificadas hasta la saciedad– del uno de octubre, y se hacían lenguas de lo que supondría sacar del despacho a un conceller o al mismísimo president. Incluso hablaban de muertos. No eran los únicos. El propio Puigdemont –que hacía públicas unas supuestas amenazas de Rajoy desde Madrid– se refería a un baño de sangre que nadie, como es lógico nunca pronunció. Pero para entonces ya estaba en vigor el 155. Y no había pasado nada. Nada. Es verdad que las mentiras siguieron. Las mismas de antes, pero ahora multiplicadas por un ex president huido en Bruselas que pagaba entrevistas allí donde las quisieran publicar. La estrategia de la mentira se había quedado en sólo mentira; y cada vez eran menos los catalanes dispuestos a compartir aquellas patrañas.

Pero al margen de otras muchas cuestiones, hay una reflexión que considero necesaria. Si la Constitución del 78 ha podido frenar con un artículo –incluso sin desarrollar– un desafío independentista como éste, creo que no está tan obsoleta como muchos aseguran. Es bueno recordarlo, ahora que parece que todos la quieren cambiar.