Un problema de colesterol

Lo que Griñán ha venido a decir como si fuera el médico del ambulatorio es que la izquierda tiene un grave problema de colesterol, empezando por el partido que él mismo preside. Pero de colesterol malo, el que obstruye los vasos sanguíneos y dificulta el riego cerebral. «Savia nueva», ha pedido con cierto énfasis como quien reclama una transfusión urgente ante la hemorragia del paciente. Él, a sus 67 años y con la juez Alaya pisándole los talones, ha anunciado su amortización cinco minutos antes de que se la pidan, pero quiere que en la despedida le acompañe el cuerpo senatorial del partido en bloque. Un rápido repaso al historial de los principales dirigentes socialistas y comunistas parece darle la razón.

Basta con fijarse en la edad de cada uno: Rubalcaba (cumple 62 años en julio), Almunia (65), Cándido Méndez (61), Fernández Toxo (61), Cayo Lara (61), Diego Valderas (60), etc. Todos por encima de la sesentena, la edad crítica a partir de la cual el farmacéutico pasa de simple tendero a ser uno de tus mejores amigos. Pero sería cruel, aparte de injusto, atribuir a la edad los achaques de la izquierda. Si el PSOE, UGT y CC OO padecen una artrosis galopante no es porque sus líderes estén al borde de la jubilación, sino porque han sido arrollados por los acontecimientos y ni siquiera le encuentran explicación al descalabro. La causa no es el exceso de trienios, sino la falta de lucidez programática. No es cuestión de vigor muscular, sino de fortaleza ideológica. Tras la caída del Muro, hace casi 25 años, la socialdemocracia perdió su última coartada como dique frente a la amenaza comunista y se le vino abajo su pretendida superioridad moral para repartir carnés de ciudadanía. Desde entonces no atina a recomponer ni las ideas ni la figura. Incapaz de seducir al electorado con nuevos territorios, se limita a comprarlo con ERE, subvenciones, subsidios, regalías y cargos públicos. Le llaman «comprar la paz social». Por tanto, dirija el negocio Rubalcaba, Chacón o López, la oferta más genuina del socialismo no varía y se reduce hoy a una moral sexual de supermercado, ciertos tics de adolescencia y una inclinación irreprimible a dejar vacías las arcas públicas. A estas alturas, a lo máximo que aspira la izquierda como motor de cambio es al 5 raspado, al aprobado mínimo para que no le quiten la beca, a la apología del rebaño donde sobresalir es sospechoso y triunfar causa alarma social. Eso es lo progresista ahora, reivindicar el orgullo de la medianía y defender la mediocridad como un derecho. Y todo esto no se cura ni con un «lifting», ni un tratamiento antiedad, ni con pastillas.