Un recuadrín

La Razón
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Me preocupó mucho, anímica y profesionalmente, leer en diferentes medios, bajo grandes titulares, las crónicas que informaban de la perversidad del Presidente y Director de mi periódico. La competencia disfrutó, dedicó generosos espacios a la imputación de Mauricio Casals y Francisco Marhuenda, y algunos ilustres columnistas de los medios emocionados se ensañaron con los dos presumibles y peligrosos delincuentes. En la competencia directa, la artillería de la sección de Opinión disparó sin cesar sus proyectiles, y hasta el analista experto en la Monarquía búlgara abandonó su campo favorito para explayarse a gusto contra los malvados coaccionadores de Cristina Cifuentes. Una tragedia.

La preocupación dio paso a la extrañeza. Conocí y traté a Casals y Marhuenda en ABC, y ninguno me coaccionó en aquellos felices tiempos juveniles. Posteriormente, cuando fui coaccionado en ABC por su Director de entonces, José Antonio Zarzalejos, y decidí con gran dolor buscar un medio que no censurara mis colaboraciones, volé hasta LA RAZÓN, que es vuelo corto y breve por la cercanía física de ambos medios. El Director Zarzalejos, con quien siempre he tenido, antes y después de nuestras desavenencias, una relación cordial y medida, no fue el máximo responsable de la censura. El Grupo Correo, poderoso y magnífico –que no magnánimo–, tenía entre sus consejeros y altos directivos dos modelos de vascos. Los lejanos al nacionalismo –los Ibarra y Santiago Bergareche–, y los cercanos al PNV, con su comisario Mijangos. Pero en aquel momento los cercanos tenían más peso que los lejanos. Y estaban los intermedios, como Victor Urrutia, siempre cauteloso y de complicada interpretación por sus ruborizados silencios.

Se trató de una broma. La Consejería de Agricultura del Gobierno vasco, concedió rango oficial a especies animales con singularidades euskaldunas. La gallina vasca –Goli Gorri–, la abeja vasca, la oca vasca, el caballo vasco y finalmente, el cerdo vasco. Y yo me ocupé de todos ellos, y con el cerdo vasco escribí un artículo titulado «Y ahora, el cerdo». Según la Consejería de Agricultura, la característica que distinguía al cerdo vasco del resto de los gorrinos era la separación de sus costillas, lo que concedía al porcino euskaldún una capacidad pulmonar mayor que la de otras razas de puercos. Escribí que esa capacidad pulmonar era muy favorable para el buceo pero no para los jamones. Se consideró improcedente mi artículo y con tristeza me fui.

En LA RAZÓN no he sido coaccionado jamás. Me rebelé cuando Planeta compró La Sexta. Firmé artículos muy ásperos contra los responsables de la incoherencia empresarial. Repliqué con dureza a mi presidente, Mauricio Casals, y a Marhuenda le he soltado más de un soplamocos. En catorce años he sido plenamente libre y soberano en el espacio que me asignaron. De ahí mi extrañeza por la imputación de Casals y Marhuenda. Lo explica muy bien Arcadi Espada en «El Mundo». «El auto que “desinvestiga” a Marhuenda y al empresario Casals es un ejemplo de la peor doctrina instructora; la de los jueces que primero disparan y luego preguntan. Si bastó oir a esos dos, y a su “coaccionada” Cifuentes, para librarlos de la imputación, lo razonable habría sido primero oir,y luego decidir si imputar».

Ya desimputados, esperaba que la misma generosidad de espacio se empleara en los medios emocionados para anunciar que Casals y Marhuenda, después de oídos por el señor juez uno, el otro y la señora Cifuentes, habían dejado de ser «investigados». Pero no. Dedicaron a la desimputación de Casals y Marhuenda un recuadrín, y con un texto ajeno a emociones. Y no me gusta. Las buenas noticias merecen mayor espacio que las malas.

Y entiendo la competencia, pero no hasta esos extremos.