«Vaquerines y cremelleres»

La Razón
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Cuando los de Podemos se presentan inadecuadamente vestidos en los actos institucionales, tengo la buena costumbre de escribirles que son unos groseros. Acuden a ver al Rey con meditada guarrería indumentaria, se sientan en el Congreso de los Diputados en vaqueros y sólo se esmeran en los cubrimientos cuando asisten, luciendo el esmoquin, a la gala de los subvencionados. Recuerdo una escena de Bob Hope y Crosby haciendo su entrada en un gran «saloon» repleto de forajidos, pistoleros y malvados del Oeste americano. Acordaron pedir dosis dobles de whisky para dar a entender que ellos eran tan forajidos, pistoleros y malvados como los demás. Pero a Bob Hope se le olvidó el plan estratégico, y al alcanzar la barra solicitó un vaso de leche. Crosby le dio un codazo, y Hope, durísimo, se dirigió al camarero. «Sí, he pedido leche, pero ¡en un vaso muy sucio!». Pues eso.

Mis amigas asturianas Alex de la Peña y Paloma Heredia, cuando llevan más de tres días en Gijón, se acoplan al lenguaje y el acento de Somió, y a los pantalones vaqueros les dicen «vaquerines». –Mira que mal le sientan a ése los vaquerines–. «Ése» acostumbro a ser yo, que efectivamente desluzco de pena con vaquerines. Tengo el culo escurrido, irremediable origen de mi tragedia. Y a un formidable y eximio dentista gijonés, gran jugador de golf en sus ratos libres, y al que sorprendieron un día en moto y con una cazadora con muchas cremalleras, le dicen el «Cremalleres». Me gusta la expresividad asturiana.

El pasado domingo se disputó en Vitoria la final de la Copa del Rey de baloncesto, entre el Real Madrid y el Valencia. Renuncio a la crónica por no ser mi cometido. Ganó el Real Madrid, circunstancia inmersa en mi alegría. Y entregó la copa de Su Majestad al capitán del Real Madrid, el gran Felipe Reyes, el ministro de Cultura y Deportes, Íñigo Méndez de Vigo. Se sobreentiende que, como máxima autoridad política presente y encargado de entregar el trofeo, estaba ahí en representación del Rey. El resto de dirigentes, los presidentes de los clubes finalistas, federativos, autoridades autonómicas y demás mandamases vestían con chaqueta y corbata. Pero el representante del Rey lo hizo con pantalones vaqueros y un espeluznante jersey azul lapislázuli con cremallera. Así no se viste un ministro del Gobierno cuando acude a un importantísimo evento deportivo a entregar la Copa del Rey. En «vaquerines y con cremalleres».

De esa guisa se acude a entregar la copa de una competición de infantiles en un colegio, sea de pago total, de régimen concertado o de gratuidad pública. Con «vaquerines y cremalleres» se puede recoger un domingo por la tarde a los niños que han disfrutado invitados en hogar ajeno del «cumple» de un amigo con piñata o sin piñata. Vestido con «vaquerines y cremalleres» es aceptable si se acude a cualquier reunión o club. Todavía, a Dios gracias, hay restaurantes que no permiten que se sienten en sus mesas los clientes en «vaquerines y jerseys de cremalleres». Pero jamás se representa al Rey de esa manera. El señor ministro, que también elige su mejor esmoquin para asistir al guateque de los beneficiarios de sus subvenciones, tiene la obligación de reflexionar con anterioridad a la elección de su ropa. No se trata de una crítica ácida y malintencionada, sino de una recomendación para el futuro. Con «vaquerines y cremalleres» no se representa al Rey, por cómodos que sean los «vaquerines», y prácticas y suaves en las subidas y las bajadas las «cremalleres». Que en usted, señor ministro, eso tiene menos justificación que en otros.

¡Virgen de Atocha!