Virtuosa coherencia

La Razón
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La coherencia ante las actitudes de la vida no se enseña ni se aprende. Se nace con ella. A los cinco años, el niño Pascual Pérez Fermosell pidió a sus padres un coche de pedales. Su padre era muy estricto al respecto, no así su madre, de acrisoladas virtudes. Al cumplir siete años, su padre cedió y compró el coche de pedales, pero no pudo reprimir la protesta. «Ahí lo tienes Pascualín, un juguete inútil, una niñería»; «es que soy un niño, Papá». Fue coherente. La coherencia no es otra cosa que la lealtad con uno mismo. Una ensalada donde se mezclan la ejemplaridad, la firmeza, la convicción y la autoestima. Ser incoherente no es delictivo ni anticonstitucional, pero la incoherencia en un personaje público establece recelos de carcanía. Rajoy no se ha metido un euro ajeno en su bolsillo, pero su lucha contra la corrupción en su partido ha recordado más a un masaje relajante con algún pellizquito que a un justo y firme acometimiento. No ha sido coherente en sus acciones, que han traicionado a sus palabras. Y el estadista Sánchez, el que obligó a los hermanos

Machado a nacer en Soria cuando ellos fueron felices viendo la primera luz en Sevilla, es menos coherente aún. Su cambio de actitud ante el populismo bolivariano-iraní de «Podemos» es digno de estudio. «El PSOE estará frente al PP y al populismo. No vamos a pactar con “Podemos”. Comparto el cabreo de la sociedad española, pero el populismo no es la solución». Orgullosa afirmación emitida en septiembre de 2014. «El final del populismo, es la Venezuela de Chávez, la pobreza, las cartillas de racionamiento, la falta de democracia y la desigualdad». También en septiembre de 2014. «Con “Podemos” no pactaré ni antes, ni durante, ni después de las elecciones porque representa el populismo. Quieren convertir a España en otra Venezuela». Septiembre de 2014. «Iglesias ha hecho de la mentira su forma de hacer política. Miente más que habla». Enero de 2015. «He pedido a “Podemos” que explique por qué no se unen a una causa que es común como el Pacto Antiyihadista. No puede haber observadores. O se está o no se está». Febrero de 2015. En diciembre de 2015 pierde fuelle y comienza a abrir las ventanas a los del vertedero. «Mi compromiso de pactar con “Podemos” sigue siendo firme, pero “Podemos” ha ido modulando su discurso en los últimos tiempos hasta llegar a hoy».

«Podemos» no ha modulado su discurso. Lo ha modulado el estadista Sánchez para conseguir la presidencia del Gobierno y seguir su carrera política. No sólo suplicando a «Podemos» un pacto de Gobierno, sino añadiendo al acuerdo a los partidos independentistas que, como «Podemos», con su cursilería plurinacional, quieren fragmentar, destruir y terminar con España después de mil años de convivencia común. Pero así como en sus palabras de 2014 y 2015, el estadista Sánchez hablaba en primera persona y se hacía responsable de su negativa a pactar con quienes pretenden convertir a España en una Venezuela fragmentada o en un Irán con miradas de amor, en 2016 traslada la responsabilidad a los electores del PSOE. «Los electores del PSOE no entenderían que no pactáramos con “Podemos”». Muy incoherente el estadista. Y peligrosísimo.

En la cabeza del estadista florece y rebosa una psicopatía obsesiva por la obtención del poder. Como a Rajoy, con mayoría absoluta, le dio pereza en cuatro años modificar la Ley Electoral, España sigue siendo, además de Patria y Estado, una nación en la que pueden formar Gobierno los perdedores. Por fortuna, en el PSOE hay muchos militantes de prestigio alejados de la psicopatía del estadista, y le han advertido que pactar con los defraudadores de la realidad es harto peligroso. El problema es que el incoherente estadista sólo desea ser presidente del Gobierno, aunque el PSOE desaparezca devorado por el estalinismo y España se triture en veinte pedazos.

El camarero del chiringuito ya no habla de Tsipras, que está recortando mucho más que Rajoy siguiendo las instrucciones de la Unión Europea. Ni el estadista mira a Portugal, que acaba de elegir para la Jefatura del Estado a un presidente conservador con mayoría abrumadora.

La incoherencia no es delito. La traición a España, sí. Pero el estadista va a lo suyo mientras la nación más antigua de Europa se ofrece a los traidores.