Editoriales

Ahora le toca a Pedro Sánchez

Desde medios afines al PSOE se extiende la ideación de que es perfectamente plausible que el próximo Gobierno de la Nación, presidido por Pedro Sánchez, pueda sustentarse parlamentariamente mediante esa fórmula que se ha dado en llamar «geometría variable», con apoyos alternos a su derecha, su izquierda, y con el espectro del separatismo catalán como última ratio a la hora de exigir responsabilidad de Estado a la oposición popular. Desde nuestro punto de vista, consideramos que se trata de una estrategia llamada al fracaso en el corto plazo, es decir, el que media entre la investidura del candidato y la presentación de los primeros Presupuestos Generales, que, además, no tiene en cuenta que España necesita más que nunca volver a la estabilidad política con un programa de Gobierno establecido, al menos, en sus grande líneas. Pretender que con sólo 123 escaños en el Congreso se puede afrontar la gestión pública haciendo equilibrios en el alambre de los apoyos puntuales es una apuesta no sólo arriesgada, sino que ya ha demostrado que suele llevar al adelanto electoral, a poco que se crucen los intereses partidarios de los actores llamados a hacer de comparsas del Ejecutivo. Si, además, el envite se hace ante un tablero en el que pende la sentencia del Tribunal Supremo con las previsibles condenas a los golpistas catalanes y la subsiguiente convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña, cualquier ciudadano comprenderá el albur que correría tal Gabinete. Pedro Sánchez está, pues, obligado a mirar más allá del proceso de investidura y a plantear una política lo suficientemente consistente como para garantizar la estabilidad de la legislatura y la continuidad de la senda de la recuperación económica en la que se encuentra España. Para este propósito, que es el que demandan mayoritariamente los españoles, no hay más fórmula que la formación de un Gobierno de coalición, forjado desde la base de un programa político previamente pactado y adecuadamente presentado al conjunto de la sociedad. Por lo tanto le toca al candidato socialista y actual presidente del Gobierno en funciones conseguir ese acuerdo de gobernabilidad, al igual que es de su entera responsabilidad elaborar el tipo de programa sobre el que pretende edificar el acuerdo. Las opciones parecen claras y se reducen a dos: un Ejecutivo de coalición con el partido que lidera Albert Rivera, que le proporcionaría una cómoda estabilidad parlamentaria, o pactar con la formación de Pablo Iglesias, aunque la aritmética del Congreso le sea menos favorable. Ambas opciones presentan, por supuesto, dificultades que, sin embargo, un dirigente político con talla suficiente debería poder superar. La cuestión central, por supuesto, estriba en saber cuál es su proyecto para la legislatura y cuáles son las propuestas legislativas que lo articulan. Sin esta condición, elemental, por otra parte, en la acción política de cualquier Ejecutivo solvente, Pedro Sánchez quedaría condicionado al malabarismo de quien, como ya hemos advertido, se ve obligado a buscar apoyos según se presente la coyuntura. Porque ni siquiera la ocurrencia de un «Gobierno de colaboración», figura política de contenido ignoto, como el que se han planteado los socialistas con Podemos, puede ser considerada una alternativa válida a las necesidades y los intereses de los españoles. Diga Pedro Sánchez qué pretende hacer desde el Gobierno y elija con qué apoyos firmes y confiables quiere contar. Lo demás, es volver a lo ya experimentado en la frustrada legislatura anterior.

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