Barcelona 92: ejemplo de lealtad

La Razón
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Para que los Juegos Olímpicos de Barcelona fueran posibles se conjugaron varios factores: un proyecto serio y ganador, mucha ilusión y cooperación y lealtad institucional. Además, la ciudad quería ser la sede de ese gran escaparate planetario, creía que era posible y se abrió al mundo como un espacio de civismo, tolerancia y alegría. Mucha alegría y orgullo que los políticos supieron entender cuando el 17 de octubre de 1986, a las 13:31 horas, el presidente del COI, el barcelonés Juan Antonio Samaranch, dijo el célebre «a la ville de Barcelona». Aquellos Juegos fueron una oportunidad única de enseñar al mundo que Barcelona y España entera tenían una manera de hacer las cosas, con la misma eficacia que la muy resolutiva Europa del norte, pero aportando además imaginación, frescura y vitalidad. Había ganas de agradar al mundo y el mundo se enamoró de nosotros. Fue una buena época, pero el tiempo pasa y bajo la espuma de la gloria aparecieron las grietas, un cierto desencanto y la constatación de que con la gran transformación de aquella Barcelona se había sacrificado el salitre y la grisura fabril por un turismo rutilante y jóvenes «erasmu»: lo que se suele decir morir de éxito. El balance, así les pese a los que vieron la Barcelona del 92 como una simple operación especulativa –e, ironías de la vida, lo siguen defendiendo, ahora desde las instituciones municipales que pusieron en marcha aquel proyecto–, el balance fue rotundamente positivo. Pasados 25 años, lo más llamativo de aquel momento fue la lealtad institucional entre el Ayuntamiento de la Ciudad Condal, el Gobierno central y la Generalitat, a pesar de la reticencia de Jordi Pujol hacia una Barcelona cosmopolita, capital de una Cataluña que desconectaba de su ideario nacionalista. Se puso mucho dinero (la inversión fue de 5.749 millones de euros de la época; el 67,3% pública y el 32,7% privada), pero, sobre todo, se compartió el mismo proyecto. En contra de lo que pasó aquel verano del 92, ahora es prácticamente impronunciable en público lo que el entonces alcalde Maragall dijo: «Lo que es bueno para Barcelona, es buena para Cataluña y es bueno para España». Qué tiempos: las sutilísimas líneas rojas marcadas por el nacionalismo rampante de ahora y por el pujolismo de entonces, impiden una historia compartida, ya no digamos un objetivo común por el que trabajar. No puede entenderse de otra manera cómo Ada Colau, la alcaldesa heredera de aquel legado olímpico, fuera protagonista de uno de los momentos más vergonzosos y mezquinos de su fulgurante carrera política cuando mandó retirar una escultura donada a su ciudad por el hombre que puso la primera piedra de los Juegos Olímpicos de Barcelona: Juan Antonio Samaranch. Sin él no hubiera sido posible. Se adujo su pasado franquista y con eso basta. Es paradójico que los que se opusieron a la celebración de los JJOO y orquestaron aquella patética campaña de «Freedom for Catalonia» y las pitadas al Rey –siempre las heroicas pitadas– son ahora los que gobiernan Cataluña: ahí está el nuevo consejero de Interior y muy independentista Joaquim Forn entre los más activos, Oriol Pujol Ferrusola, ahora acusado de corrupción, y sus leales Francesc Homs y David Madí, la guardia pretoriana que con Mas heredaron la Generalitat de Pujol. ¿Alguien podía imaginar que justamente los que quisieron boicotear los JJOO de Barcelona acabaran dirigiendo el plan secesionista? Lo importante de aquel verano que vivimos tan alegremente es que se forjó una cooperación que demuestra que se puede avanzar juntos bajo el convencimiento de que lo que es bueno para Cataluña, es bueno para España.