Cambiar algo para seguir igual

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Pérez Rubalcaba realizó ayer el penúltimo movimiento de autodefensa para enderezar una situación imposible en lo personal y en lo orgánico. El secretario general del PSOE se ha resistido, y aún lo hace, a cambiar el paso en un rumbo que no conduce a ninguna parte. La crisis global del partido, con el punto crítico de la derrota electoral y la pérdida del poder, se ha agravado en este poco más de un año transcurrido por una secuencia de decisiones y estrategias fallidas, especialmente una renovación en el último congreso del partido que no fue tal y que frustró a gran parte de ese electorado de centro-izquierda que aborrece el frentismo y los localismos y que añora un proyecto nacional y una oposición responsable. En estos meses, Rubalcaba, su equipo y buena parte de los barones han minado con sus errores y despropósitos la credibilidad de unas siglas y un proyecto que aguardan una regeneración y una refundación que, por lo acordado ayer en la reunión de la Ejecutiva Federal, tendrán que seguir esperando. La dirección socialista no se apeó de lo que ha sido su actitud ante los problemas y se colocó de nuevo de perfil. Se perdió una magnífica oportunidad para responder con la mínima responsabilidad exigible al escándalo de los ERE, el mayor episodio de malversación de caudales públicos de la democracia; al bochornoso vodevil de Ponferrada; al «caso Campeón» y la situación de José Blanco; a la tormentosa y desleal relación con el PSC; al colaboracionismo de cargos socialistas con Bildu y al silencio cómplice de la dirección del PSE. Que hubiera debates o discusiones internas ayer en Ferraz carece de relevancia si no van acompañadas de las decisiones políticas necesarias para depurar las responsabilidades correspondientes. Especialmente significativa es la actitud del PSOE en el fraude de las partidas millonarias del desempleo en Andalucía, una auténtica red comisionista de lucro personal con cargo al erario público en las entrañas del poder socialista y que Ferraz encubre con relatos inverosímiles. El movimiento de Rubalcaba fue el «fichaje» de Ramón Jáuregui para la Ejecutiva y una reordenación orgánica de la dirección del partido, en la que gana peso Elena Valenciano a costa de Óscar López, el muñidor de Ponferrada, y del grupo parlamentario, en la que sale retratada Soraya Rodríguez. ¿Suficiente? Evidentemente, no. A pesar de su habilidad y experiencia, Jáuregui es un parche, no una solución. Se aplica cosmética contra un proceso de descomposición galopante. Será insuficiente incluso para ganar tiempo porque una parte del partido –los derrotados en el congreso– quiere más. Un cambio de cromos, de caras, en este caso. El PSOE se halla en una vorágine autodestructiva y en una espiral peligrosa que empeora con cada crisis que se cierra en falso.